Víctor Eduardo

Víctor Eduardo Vital

Entrevista realizada a Víctor Eduardo Vital

Víctor Eduardo Vital nació en Capilla del Señor, en provincia de Buenos Aires, aunque pasó gran parte de su vida en la ciudad de Luján. En 1981, mientras trabajaba en un aserradero, le llegó la notificación de que había salido sorteado para realizar el servicio militar obligatorio, así que ese mismo año comenzó su capacitación como infante de marina en el Centro de Instrucción y Formación de Infantes de Marina (CIFIM), en la ciudad de La Plata. "Hice un curso de mortero y después pedí para ir al sur. Me llevaron a Tierra del Fuego, Río Grande, donde estaba la dotación de Infantería de Marina número 5", recuerda. "La Marina es durísima, durísima, y uno se queda impactado, pero después se va acostumbrando y se hace mucho compañerismo". Vital se perfeccionó como apuntador de morteros, y en épocas del conflicto con Chile por el Canal de Beagle, su batallón era uno de los principales encargados de defender la base en la que estaba ante un posible ataque. Fueron épocas en las que el veterano debió acostumbrarse al clima frío del sur y a estar lejos de su familia, ya que por la distancia era difícil viajar a visitarlos. "Nos llevaron allá y a nuestra familia no la vimos más". Destrabado ese potencial conflicto, el 2 de abril de 1982 encontró a Vital en su base de siempre. "Esa mañana se hizo la formación, éramos 700 u 800 hombres. Se izó el Pabellón Nacional y el comandante nos comunicó que habíamos recuperado las Islas Malvinas. Nos reúne en la plaza de armas y nos comunica que íbamos a pelear con la tercera potencia mundial en la guerra, y que el que no quisiera ir, que diera un paso adelante. Nadie dio un paso adelante, y ellos eran muy buenos en la guerra, nosotros teníamos que hacer las cosas bien porque ellos, donde ponen el ojo, ponen la bala. Así nos alistamos, yo re contento porque pelear contra los ingleses era un honor". Entre el 8 y 9 de abril, el veterano y su grupo fueron trasladados a las Islas en un avión 'Hércules'. "Bajamos en Puerto Argentino, pasamos por el pueblo y nos llevaron a Monte Tumbledown, que está como a 20 kilómetros más o menos de Puerto Argentino. Es una de las alturas que predomina. Subimos, el terreno era muy parecido a Río Grande, entonces todo nos pareció familiar. Tomamos posición varias veces. Fuimos cambiando hasta que llegó el 1º de mayo, donde atacan los aviones y vinieron los buques de ellos. Para nosotros ahí comienza la guerra. Veíamos los buques de allá arriba, con una vista privilegiada". Vital comenta que lo primero que lo invadió fue el miedo, pero de a poco fueron acostumbrándose al silbido de las bombas y proyectiles, estimando dónde podían caer, y sin querer fueron acostumbrándose a la guerra, pese al desgaste propio del grupo. Eran 13 personas, y si bien lograron repeler varios intentos de infiltración de los ingleses, la noche previa al 14 de junio el enemigo logró llegar hasta su posición. El monte era alargado y frente a ellos había otra sección, la primera en combatir cuerpo a cuerpo, de noche, con un fuego cruzado que duró unas 8 horas, hasta que los británicos lograron avanzar. "Todo era un caos", cuenta Vital. De hacer disparos a tres mil metros de distancia con un mortero, tuvo que empuñar el fusil y empezar a disparar en medio de la madrugada. Allí, en su posición de siempre, hirieron de muerte a un compañero de apellido Ferreyra, cuyos restos depositaron bajo la saliente de una piedra. En la confusión, superiores les ordenaron replegarse, luego volver a subir al monte por senderos que usaban las ovejas para un contraataque, que fue fallido, por lo que tuvieron que huir esquivando campos que ellos mismos habían minados. De nuevo en Puerto Argentino, Vital recibió otra triste noticia: "Fui al Hospital Naval. Ahí estaban mis amigos, mi compañía, mi grupo. Entré y pregunté :'¿Y Dávalo?' Y uno me dice, 'Dávalo se quedó'. Él era mi amigo, era un chaqueño, mi protegido, porque no se daba cuenta de las cosas. Era muy bueno y, por ejemplo, cuando se ponía muy nervioso no se podía atar los cordones", recuerda. Con angustia y bronca, les recriminó a sus otros compañeros, que le comentaron que su amigo había logrado llegar hasta una carpa que oficiaba de cocina y que, desde arriba del monte, los ingleses la habían destruido con granadas. "Entonces, de los 13, ya teníamos dos muertos y dos heridos. Era impresionante la amargura". El ejército británico finalmente avanzó y los tomó prisioneros. "No te imaginas el tremendo choque que fue ver la bandera inglesa izada. La gente de ahí, los kelpers, nos sacaban fotografías. Nosotros nos dábamos vueltas y no los mirábamos. De ahí nos llevaron al aeropuerto, que estaría a cinco kilómetros, no sé cuánto. Entregamos los fusiles y las correderas las tiramos antes para que los fusiles no sirvan. Ahí estuvimos hasta el 25 de junio, fuimos el último batallón que salió". Poco después llegaron al puerto de Ushuaia a bordo del buque ARA 'Almirante Irízar'. Su comandante los obligó a levantar la mirada para observar a un grupo de niños de escuela que los esperaban agitando banderitas argentinas, "y nosotros volvíamos vencidos. Fue un golpe tremendo para el orgullo, porque cuando uno entra en las Fuerzas Armadas resalta el patriotismo, el valor al pueblo, el valor a la familia ¿Y volver así? No". "El comandante nos gritaba '¡ustedes no perdieron!'", cuenta afligido. El veterano se dio la baja automática de la Marina tras el conflicto. Lo primero, por supuesto, fue volver con su familia, a la que no veía hacía 15 meses. Luego, volver a la vida civil. "Me fui a Buenos Aires a varias partes de Buenos Aires. Para un lado y otro. Después llegó Alfonsín y no había trabajo". Fue a probar suerte a Chile, donde le comentaron que en San Luis había salida laboral. "Me gustó San Luis, me trataron muy bien. Conseguí trabajo, me adapté a dormir la siesta, a El Trapiche, El Volcán, y bueno, me quedé acá". Su vida actual pasa por malvinizar como miembro activo de un centro de excombatientes. Su discurso está atravesado por sus reflexiones de la guerra, de lo que para él fue un choque cultural. "Nosotros decíamos 'Dios salve al pueblo argentino' y ellos decían 'Dios salve a la Reina'. Eran dos culturas. A lo mejor fueron las últimas dos naciones que se enfrentaron antes de entrar a esta modernidad. Porque hoy, esta globalización ha hecho que el amor a la paz, el amor a Dios, el amor al pueblo y el amor a los hermanos se vaya disolviendo, disgregando". "Nosotros tenemos que agarrarnos a eso. Si no, estamos perdidos como nación, como pueblo y como familia. Malvinas es eso, ¿no? De donde nos tenemos que agarrar"; "los niños de la escuela prestan mucha atención a lo que pasó porque tienen sed de aprender lo que es la Patria. Vamos a las escuelas, decimos lo que vivimos y nos damos cuenta de la importancia que tiene Malvinas. Yo como veterano voy a una charla y quiero dejar ese mensaje, de transmitir ese amor a la Patria, si no se disgrega, se disuelve. Malvinas es lo que une, y lo que une es la Patria". Ese quiere que sea su legado.