Ernesto Osvaldo Vilche
Entrevista realizada a Ernesto Osvaldo Vilche
El cabo principal, Ernesto Osvaldo Vilche, pasó prácticamente diez años viviendo a bordo del crucero ARA 'General Belgrano'. Su función era oficinista naval de la Armada Argentina, por lo que conocía a fondo el navío y a todo su personal. Dormía junto a varios compañeros en un sector muy próximo al lugar en el que el 2 de mayo de 1982, impactó el torpedo inglés que hundió el barco. Semanas antes, fue trasladado al rompehielos ARA 'Almirante Irízar', Los rostros de parte de los 323 marinos que perdieron la vida en ese nefasto capítulo de la Guerra de Malvinas lo acompañan hasta hoy: "Soñaba mucho con esos compañeros y aún los sueño. No con una cara con el paso de los años, sino como eran antes", confiesa.
Vilche nació en Córdoba y en 1970 ingresó como personal contratado a la Armada Argentina. Su primer destino de formación fue la Escuela Naval Militar de Río Santiago, en Ensenada, donde se especializó en courier naval.
"Mi primer pase fue al crucero ARA 'General Belgrano', a donde ingresé con 17 años. Allí hicimos toda clase de cursos y conocimos el barco, que era inmenso. Me costó mucho tiempo adiestrarme, conocerlo", recuerda.
Para ese entonces Vilche era soltero y su vida transcurría a bordo, salvo algunos fines de semana y feriados, cuando con sus compañeros aprovechaban para hacer alguna que otra salida a Punta Alta, pegado a Puerto Belgrano. Esa situación cambió cuando se casó a los 23 años y junto a su esposa alquilaron un departamento para vivir.
La paga no era buena y el cabo principal analizaba darse de baja para comenzar una vida civil pero un superior le ofreció ganar un extra yéndose en comisión en el rompehielos 'Almirante Irízar' y a principios de 1982 fue parte de una campaña antártica.
Al regresar, tras 40 días sin ver a su familia, le dieron vacaciones y viajó a su Córdoba natal para ver a su mujer. "Eso fue un día viernes. Llegué el sábado, recuerdo que le di un beso a mi señora y, automáticamente, recibí un telegrama para que me presentara de inmediato en la base de Puerto Belgrano".
"Nadie sabía el motivo, pero era llamativo el movimiento en la dársena de la base, donde personal se apuraba a cargar víveres, armamento y compañías de combate tanto en el crucero 'Belgrano' como en el rompehielos 'Irízar'". "Salimos a navegar y a unas cuantas millas el comandante nos dijo que nuestra misión era ir a Malvinas. Ya no había forma de comunicarle a mi señora o a mi familia dónde estábamos", cuenta.
"Ejecutada la Operación 'Rosario', de recuperación del archipiélago, el 'Irízar' fue perseguido por un submarino de la flota inglesa en su regreso a Puerto Belgrano por provisiones. Eso motivó que le pintaran el símbolo de la Cruz Roja y ahí el barco empezó a actuar únicamente como buque hospital, hasta el último día de la guerra. La experiencia fue bastante mala porque no podíamos actuar en nada, solamente mirar, y como yo había estado más de 10 años en el 'Belgrano', me dolió mucho su hundimiento".
En la década que pasó redactando informes, actas, cartas e inventarios, Vilche prácticamente tenía grabados en su mente los datos de aproximadamente mil tripulantes, y le afectó mucho conocer la nómina de las 323 víctimas, muchas de ellas sus amigos.
Vilche fue dado de pase a la Base Aeronaval Punta Indio. "Ahí prácticamente finalizó mi carrera. Nos costaba mucho, o me costaba a mí, porque mi tarea era oficinista y se me hacía imposible redactar una nota. Tenía en la mente toda la cantidad de compañeros que habían fallecido y no me podía concentrar, algo que caía mal porque las notas tenían que ser perfectas", por lo que terminó pidiendo la baja y regresó a vivir a Córdoba.
Allí no solo tuvo que lidiar con las secuelas de la guerra sino con una sociedad que no aceptaba a los veteranos. "Éramos llamados 'los loquitos de la guerra' y no te daban trabajo ni de camarero, ni de lavacopas, de nada. Perdí la casa completa porque me fue imposible mantener a mi familia. Después tuve la suerte de entrar a trabajar como colectivero hasta que me jubilé", "después de la guerra fuimos abandonados por así decirlo. No nos respetaba nadie, trabajo no conseguía nadie", se lamenta.
Salvo algún que otro comentario a su esposa, Ernesto mantuvo en silencio lo que vivió por décadas, hasta que hace unos 13 años, al mudarse a Villa Mercedes, encontró refugio en el Museo de Veteranos de Guerra 'VGM Eduardo Guzmán'.
"Nos reunimos con los compañeros y de poco a poco me fui largando. Empecé a conversar, a escuchar a los otros, sus anécdotas, las vivencias de cada uno y ahora bueno, me siento cómodo porque nos descargamos como quien dice".
Pero ese compartir va más allá, hoy Vilche acude a establecimientos educativos y otras instituciones para compartir la historia viva del conflicto del Atlántico Sur.
"La tarea de malvinizar no debe terminar nunca. Hay que continuar siempre para que todos los que vienen al museo conozcan que una guerra hace mal, que trae destrucción y muerte. Que por intermedio de las escuelas se enseñe que una guerra es mala y que hay que pelear, sí, pero con una pluma, para que no haya nunca más guerra y buscar la paz. Ese quiero que sea mi legado", cerró.