Alfredo Sosa
Entrevista realizada a Alfredo Sosa
Antes de comenzar la entrevista, Alfredo Sosa pide permiso para tener su mate en mano, un elemento que terminó llevándose a la boca cada vez que las lágrimas estuvieron por desbordar sus ojos, sobre todo cuando comenta lo difícil que es para él recordar la historia.
El infante de Marina nació en San Francisco del Monte de Oro. "Vivía trabajando con mi padre en el campo. No sé cómo explicarlo, porque en ese tiempo no había televisión, no había radio más que a pila, así se escuchaba cuando salían los sorteos", "No había nada, ni la ruta que hay ahora. Todo era campo a campo. Había un camino de tierra con un colectivo a la mañana y otro a la tarde que iban a San Luis, de la empresa Dasso".
En 1980, una carta le avisó que había salido sorteado para cumplir con el servicio militar obligatorio, y tras salir apto en la revisación médica, el 1° de junio de 1981 se subió a un tren en la capital de San Luis rumbo al Centro de Instrucción y Formación de Infantería de Marina (CIFIM) en La Plata. Sosa nunca había salido de su pueblo. Su primer viaje fue a la capital puntana para la revisión médica: "Andaba por ahí preguntado cómo hacer para llegar al Ejército".
El viaje en tren, llegar a una gran ciudad, ver el mar por primera vez y claro, comenzar la rutina militar fue nuevo y una gran sorpresa para él. "Desaparecí y no volví más. Del 1° de junio volví recién el 24 de diciembre, para Navidad, sin haber salido nunca de casa más que a comprar al pueblo". Tenía 19 años recién cumplidos.
En sus días de franco, el veterano y sus compañeros salían de la base a conocer lo que podían. "Aproveché de viajar en trenes, subtes, taxis y en colectivos porque en esa época no nos cobraban. Así que con los otros muchachos compañeros nos fuimos a Corrientes, a todas las estaciones de tren, todas las estaciones de subtes, a los campos".
Tras dos meses de instrucción fue destinado a Puerto Belgrano, donde hacían simulacros y tareas constantes. "En la Infantería nos decían que todos los días estábamos en guerra", recuerda.
El 27 de marzo de 1982 se embarcó en el ARA 'Almirante Irízar' rumbo a Malvinas, sin saberlo. Llegaron cerca de las costas al mediodía. "Ese barco después se hizo hospital, pero antes hizo dos viajes más o menos. Cuando ya habían tomado la Isla nos ordenaron desembarcar todo el cargamento que llevaban en el barco. Yo no entré en combate, me tocó abastecer con combustible a todos los vehículos. En el inicio, en el barco llevamos 2.000 tambores de combustible, más los vehículos, balas y proyectiles. Cuando se tranquilizó todo después de la toma, empezamos a bajar todo lo que llevábamos, no en el puerto, si no en el agua, porque el barco es muy grande y no podía llegar a las costas, siempre teníamos que estar en la profundidad". Tardaron 17 días en cumplir esa misión, recuerda. "Recién cuando llegamos a Malvinas caímos en la cuenta de que era una guerra porque no sabíamos nada".
Luego de ese viaje el navío regresó a Puerto Madryn e hizo algunos traslados para abastecer de combustible a la base de Río Grande, donde estaban apostados varios aviones de la Fuerza Aérea. El peligro de un ataque enemigo estaba siempre latente, así que se trabajó a toda hora, sin siquiera poder ducharse o cambiarse de ropa.
El 14 de junio, un superior los formó y comunicó que el conflicto había terminado. "Algunos lo tomaron muy mal. Y yo, qué sé yo, pensé 'se terminó, ahora me vuelvo a mi casa'". Con el correr de los días, en aviones 'Hércules', fueron devueltos a La Plata. En poco tiempo, le dieron dinero del sueldo para comprar ropa civil y días de franco para que regresaran con sus familias.
Otra vez, se emociona en ese pasaje al contar que ese fue el momento en el que se separó y perdió el rastro de todos esos compañeros con los que había formado un lazo estrecho en la experiencia de la guerra.
Un tío que vivía en Buenos Aires y lo había cobijado le ofreció llevarlo a San Francisco, donde se reencontró con su padre y madre. Consultado sobre cómo fué ese momento, prefiere respirar hondo, beber de su mate y decir "no me acuerdo nada". Quizás para no llorar.
Salvo a ellos, su familia, "al resto de la sociedad no le importaba nada, no le interesaba, por eso es difícil contar esto", confiesa. "Además cuando llegué estaba todo desconocido, en ese momento se estaba trabajando en la ruta, y yo cuando me fui no había nada".
"Tuve suerte de conseguir trabajo rápido. Había un hombre a quien le había tocado hacer la Infantería de Marina y que su padre cargaba las garrafas de gas en el pueblo para los soles de noche. Mi madre conversó con él" y logró conseguir una audiencia para un posible trabajo en el área de Arquitectura del Gobierno de San Luis, pero él quería estar en su pueblo, en el campo, así que finalmente le ofrecieron ser el cuidador del Solar Histórico de San Francisco del Monte de Oro, donde Faustino Sarmiento fundó su primera escuela. Y pasó los siguientes 40 años de su vida en esa función. "Tuve la suerte que no muchos han tenido".
Hoy, cuando concurre con otros veteranos a escuelas para malvinizar, su mensaje "es contar lo que hemos pasado"; su legado: "Tratar de que esa historia no se pierda, hacer saber que las Malvinas son nuestras y tratar de recuperarlas. Están más cerca nuestro que de los ingleses".