Gustavo Daniel Silva
Entrevista realizada a Gustavo Daniel Silva
Gustavo Daniel Silva era militar de profesión cuando la Guerra de Malvinas hizo su estallido en abril de 1982, por lo que estaba preparado de una manera distinta para afrontar el conflicto respecto de un conscripto. Aunque no era mucho mayor que esos pibes que partieron a las Islas con una instrucción mínima: tenía 21 años.
"Nací en Córdoba en el 61 y estoy viviendo en Tilisarao desde hace 12 años. Era suboficial del Ejército Argentino, hice mi carrera en Buenos Aires y desde ahí fui destinado a Comodoro Rivadavia, en la costa de Chubut, desde donde partimos a las Islas Malvinas", se presenta.
Su misión fue comandar el equipo que manipulaba un cañón de 105 milímetros. "Éramos una sección de tres cañones y con cada cañón éramos cinco hombres y yo era jefe del cañón número dos", describe su trabajo en las Islas.
Hasta que se produjo el hundimiento del ARA 'General Belgrano' y los ingleses se acercaron a las costas de Puerto Argentino, el único enemigo real era el clima frío y ventoso del Atlántico Sur. "Esos días en Malvinas hasta el 1° de mayo fueron tranquilos a pesar del frío. Ese 1° de mayo recibimos el primer ataque con aviones 'Sea Harrier', ahí ya empezamos a ver que estábamos en guerra en serio, porque nosotros pensábamos que íbamos a estar un tiempo y después volvíamos a casa", recuerda Silva.
Ahí, con el silbar de los proyectiles sobre sus cabezas, tomaron consciencia de que la guerra se venía en serio. "Donde nosotros estábamos había un buque que estaba descargando combustible porque estaban por hacer un helipuerto. De repente se sintió la alerta roja, una alerta roja por primera vez para nosotros de mucha importancia. Pasaron los aviones y tiraron con lo que tenían y bueno, ahí dijimos, esto es muy serio".
Cuando el conflicto estalló en toda su dimensión, le tocó ver la peor cara de la guerra. "Lamentablemente vi morir chicos, la muerte siempre está muy cerca. Nosotros recibíamos bombardeos casi todas las noches a partir del 1° de mayo. Después se hizo como una costumbre eso de sentir los impactos y un poco te vas acostumbrando. Empezás a pensar y hablar con los otros sobre que en cualquier momento nos cae una y no contamos más el cuento, pero ya lo habíamos asumido a eso. Lo único que hablábamos con los soldados era que ojalá si cae, que caiga de una y chau, no que quedemos ahí sufriendo", recuerda.
Sobre las interminables horas en las trincheras, cuenta que "hablábamos de todo, primero hablábamos de comida, soñábamos con eso metidos adentro de un pozo. A la noche mucho no hablábamos, y encima estaban los bombardeos, que no paraban nunca, eran todas las noches. Más aún los sábados, los sábados eran el doble de bombas las que caían, empezaban a bombardear tipo 10 de la noche hasta las 5 o 6 de la mañana, era un bombardeo constante. Gracias a Dios no nos tocó ninguna, pegaban muy cerca pero no nos tocó ninguna", agradece.
A la vuelta de Malvinas, no le faltó compañía. "Cuando llegué al aeropuerto me estaban esperando tanto mis familiares como prácticamente el barrio completo. La primera personita que alcé fue mi ahijado, que en ese momento tenía tres años y él viene todos los 2 de abril. Es de Córdoba y viene, así que fue la primera personita que pude alzar y abrazarlo fuerte", dice con la emoción a flor de piel, como si no hubieran pasado más de cuatro décadas.
Si algo tiene claro Gustavo es que "la guerra no le hace bien a nadie. En una guerra no gana nadie, todos pierden, tanto nosotros como el bando enemigo, todos pierden. Así que de mi parte ojalá nunca más vuelva a pasar esto, nunca más, porque quedaron nuestros compañeros y nosotros somos la voz cantante de ellos, nosotros seguimos malvinizando por ellos, nosotros vamos a seguir por ellos y vamos a morir por ellos", jura de manera severa.
Sobre el legado de Malvinas, no duda en decir que "es algo que se lleva en el corazón. Todos nosotros los veteranos llevamos a Malvinas en el corazón. Y vuelvo a repetir: la llevamos por ellos, para que no se olviden de ellos, para que el pueblo argentino no se olvide de que allí quedaron 649 héroes verdaderos".
"Aunque si hay un día que preferiría borrar del almanaque, es el 2 de abril. Lo llevo mal, mal. Cada vez que se acerca esa fecha, me pone muy triste por los compañeros. Yo tengo un amigo que está sepultado ahí, entonces me pone mal, pero bueno, trato de pasarla, tengo el apoyo de mi familia así que la paso", se resigna.
Ese amigo al que hace referencia Silva fue con el que compartió la última cena antes de que los ingleses acabaran con su vida. Se llamaba Juan, era cabo, "no recuerdo exactamente la fecha en la que murió, pero estuve ahí, no al lado de él sino cuando trataron de operarlo para salvarle la pierna y no resistió. Lo tuvimos que sepultar envuelto en una manta y esas son cosas que yo no olvido nunca, por eso esta fecha me duele. Siempre va a ser un homenaje, no tan solo para él sino para todos, para los 649. Nuestro regimiento perdió cinco hombres, no chicos, cinco soldados, cinco héroes".