Héctor Daniel

Héctor Daniel Ponce

Entrevista realizada a Héctor Daniel Ponce

Héctor Daniel Ponce no puede evitar que las lágrimas broten de sus ojos y recorran sus mejillas antes de que las borre con sus manos. Pide, a quien escribe y a los productores audiovisuales que lo registran, unas disculpas innecesarias. Y es que a pesar de que hoy es miembro activo del Museo de Malvinas 'VGM Eduardo Guzmán' en Villa Mercedes, y que recorre escuelas e instituciones relatando su experiencia en el conflicto del Atlántico Sur con un mensaje de paz; el terror y la cercanía de la muerte que vivió en la guerra aún calan hondo. "Siempre digo que con 19 años, de un momento a otro, pasé a ser adulto, casi a tener la edad que tengo hoy… Fue muy duro reinsertarnos y pensar que ya no estábamos en la guerra. No es que decís 'listo, se acabó, hago un clic y ya no estoy más en la guerra'. Cuesta muchísimo tiempo. Veinte años estuve silenciado. Sin poder hablar porque no fue fácil volver a vivir", cuenta. De adolescente, Ponce era un apasionado de la radiodifusión y, alentado por su padre y su hermano, "me comunicaba con el mundo con solo prender un equipo de radio. El desafío más grande era hablar todos los días con la Antártida. Distancias muy lejanas. Para mí era como un sueño poder contactarme con ellos, viajar con la imaginación a esos lugares". "En ese momento era como tener el mejor celular de hoy", recuerda. En el año 1980 egresó del secundario y en junio de 1981 salió sorteado para hacer el servicio militar obligatorio. A pesar de que menciona alguna vez "poder tener un fusil o vestirme de verde", también confiesa que "a uno ni se le cruza por la cabeza de que va a haber una guerra". Ya en formación, era "soldado conscripto dentro de la Compañía de Ingenieros Anfibios (en la Base Naval Puerto Belgrano) dentro de la fuerza de apoyo anfibio de la Infantería Marina". "Mi rol dentro de la compañía era chofer de comunicaciones, y era comunicante radioaficionado", cuenta. El 7 de abril al mediodía, con 19 años, luego de trasladar a otros conscriptos, le dieron la orden de dirigirse a la base y subir una camioneta Ford Ranger a un avión 'Hércules'. Con humor cuenta que "cerraron la compuerta, el avión se puso en marcha y despegó. Y sentado solo sin poder bajarme", y ríe. A pesar de que pensó que iba a ser chofer de comunicaciones, al haber pocos vehículos era chofer de todos, por lo que comenzó a trasladar explosivos y "cuando te decían 'alerta roja' era porque atacaban los aviones y había que dejar la camioneta y ponerme a resguardo porque si caía un proyectil yo estaba cargado con explosivos, pólvora, minas". Tras ver cráteres de siete metros de diámetro por cuatro metros de profundidad en uno de sus viajes en camioneta al aeropuerto, fue designado a una trinchera cavada con pala junto a otros dos compañeros. "Y comenzó lo más duro: esperar los ataques a la noche". Junto a ellos, a las 22:00, un equipo de radio sonaba. Ninguno quería atenderlo porque si del otro lado decían 'alerta gris', significaba que un barco enemigo iba a comenzar un bombardeo. "Era un sonido a muerte", que se mezclaba más tarde con el silbido de las bombas. Habiendo presenciado los cráteres que dejaban, Héctor deseaba una muerte instantánea y no quedar herido. "Por ahí los chicos en un colegio me preguntan ¿Y usted tenía miedo? No, tenía terror, que es la suma de los miedos. Pasás tanto tanto miedo que empezás a sentir terror y a tiritar completo. El miedo paraliza, y recuperarte después de eso, tratar de dormir, levantarte a las 8:00 y empezar a hacer tu vida como si fuera normal, imposible, ¿no?". El 14 de junio les llegó la orden de rendición y pasó una semana prisionero en las Islas. Pensó varias veces en que iban a torturarlo; o cuando días después lo trasladaron en un lanchón: que iban a matarlo y arrojarlo al mar. Pero en realidad lo subieron a un barco configurado como hospital, lo dejaron ducharse después de más de 20 días sin hacerlo, e increíblemente le dieron un pebete y una gaseosa cola en botella de vidrio. "No lo olvido más. Vos cuando tenés hambre querés azúcar, dulce de leche o dulce batata, no pensás en comer carne o un guiso, pensás en comer algo dulce. Entonces esa coca entró en el cuerpo diciendo: ¡Qué rico esto!". Hacía tiempo que no podía contactarse con su familia, que al saber del arribo de las tropas tras el acuerdo entre Argentina y el Reino Unido, iban a esperarlo a la terminal de Villa Mercedes en cada arribo de un colectivo. Un día volvió, pesando casi 50 kilos y se abrazó con su madre, con su padre, sus hermanos. "Hubo un silencio, porque me daba cuenta que no querían preguntarme muchas cosas", pero al menos supieron que no había sido herido. Tras años de silencio hoy Héctor es un dedicado a la acción de malvinizar, de transmitirle a todos lo que sucedió en esas Islas. "Investigando un poco, el significado de la palabra legado es muy fuerte. No soy héroe, mi mundo es esto, el Museo para el que trabajo tanto", y en esa acción de contar la historia, cree que "el legado es que no vayamos a la guerra, que es muy dura. Que a nadie con 18 o 19 años le toque vivir una guerra", cerró.