Roberto

Roberto Pochetti

Entrevista realizada a Roberto Pochetti

El 2 de abril de 1982, cuando estalló la Guerra de Malvinas, Roberto Pochetti estaba de vacaciones descansando en su Villa Mercedes natal, tras haber cumplido un operativo con la Fuerza Aérea en Mar del Plata. Una semana después fue convocado a Comodoro Rivadavia y el 12 de abril, ante la solicitud de un voluntario que estuviera dispuesto a viajar a Puerto Argentino, el joven de 20 años se postuló y salió rumbo al conflicto, donde integraría el Grupo II de Vigilancia y Control Aéreo. "Nuestra función era estar con los radares de la Fuerza Aérea", explicó Roberto, quien confiesa haber tomado inicialmente el llamado a la guerra como una suerte de aventura, sin estar plenamente consciente de las situaciones límites que lo esperaban. "A pesar de eso, de que nunca nos habían preparado para una guerra, creo que lo enfrentamos como debíamos. Era una improvisación constante y acostumbrarse a sobrevivir", señaló. El primer momento crítico que puso a prueba la fortaleza mental de Roberto y sus compañeros sucedió el 1° de mayo, "el día del bombardeo" como lo define el propio veterano. "Estábamos todos durmiendo y alrededor de las 5:40 detonaron dos explosiones que nunca habíamos escuchado. Eran bombardeos navales de las fragatas inglesas dirigidas al aeropuerto. Desde entonces fueron ataques todos los días sin parar, no estábamos preparados para el estado de nerviosismo que había", expresó. A la permanente incertidumbre respecto a cuándo podría azotar el siguiente cañonazo, había que sumarle las condiciones climáticas y sanitarias que debieron enfrentar en un contexto sumamente adverso. "No teníamos comida, los días eran largos, fríos, con lluvia, viento, nieve. Estuvimos un mes así, a merced de los ingleses", recordó Roberto, quien asegura que desde ese entonces considera que es un hombre de múltiples nacimientos. "Uno es el 27 de septiembre, día en que mi madre me parió. Otro es el 10 de mayo cuando casi muero en un ataque. El último es el día que regresé a casa, volver y ver a mi vieja, a mi viejo. Gracias a Dios me pudieron disfrutar", afirmó, finalmente entregándose al quiebre de la voz al evocar a sus padres. En los meses de guerra, corría fuerte el rumor de la presencia de los 'gurkas' en Puerto Argentino, una división especializada con soldados de élite que rondaban la zona tomando como prisionero a toda tropa argentina en su camino. "Había mucha psicosis respecto a eso, sumado a la exposición constante al cañoneo naval, a las incursiones de helicópteros y aviones", explicó Roberto. Bajo esas circunstancias, compartió un juramento con sus compañeros Carlos Alberto Funes, de 20 años, y Basilio de Sousa, un adolescente de 18: "Nos prometimos que no íbamos a morir por una bala inglesa. Teníamos guardada una pistola y, llegado el caso, uno tenía que matar a los otros dos y suicidarse, pero no íbamos a morir por una bala inglesa. Por suerte nadie tuvo que cumplir esa promesa", reconoció. El veterano aún recuerda como si fuese hoy el día en que le avisaron que regresaba de la guerra. "El 12 de junio me relevaron del puesto que tenía y me dicen 'usted ya cumplió con su labor, se puede ir, mañana sale el vuelo al continente'. Habíamos pasado 30 y pico de días sin bañarnos, sin cambiarnos la ropa. Recuerdo sentir tranquilidad por volver, pero fatiga por dejar compañeros allá", insistió Roberto, a quien aún lo esperaba un episodio que pondría nuevamente en jaque su vida antes del retorno definitivo. "Salimos a las 21:00 de Malvinas, tras una jornada de ataques constantes. Éramos 150 a bordo y por si acaso nos habían explicado cómo era la maniobra para abandonar el avión, que era un modelo 'Hércules'. En un momento, apagan los motores y pegan el grito de abandonar. En el medio de la noche, no veía nada pero saltamos y, cuando toqué el piso, arranqué a correr para cualquier lado", recordó y agregó: "Cuando pasó el ataque nos reunimos y de los 150 iniciales quedaban 57. Fue un martirio despegar, al principio había mucho hermetismo porque viajábamos en oscuridad total, no le veías la cara a tu compañero de al lado. En un momento vemos que se cierra la rampa y caen las luces rojas, un indicativo de que estaban mejor las cosas. Cuando prendieron las luces blancas explotamos de euforia, recién ahí supimos que estábamos fuera de peligro". Ya en la actualidad, el veterano pregona la malvinización constante en la sociedad. "Nadie sale indemne de una guerra, siempre quedan secuelas. Comunicarlo, hablarlo con chicos y grandes, largar todo eso nos hace bien, porque vas soltando también eso que recordás", indicó Roberto, quien apunta a dejar un legado que perdure para la eternidad. "De cierta manera somos historia viviente, queremos que en 30 o 40 años, cuando ya no estemos más, que aquellos que escuchen esta entrevista y vean los museos puedan adoptar como propia la misión de malvinizar", concluyó.