Alejandro

Alejandro Príncipe

Entrevista realizada a Alejandro Príncipe

Cuando Alejandro Príncipe da charlas en los colegios sobre el conflicto de Malvinas, trata siempre de generar empatía con los chicos y contar como era su vida en la secundaria, apenas meses antes de que tuviera que partir a la guerra, algo que nunca imaginó. "Lo importante es eso. Cuando hablas con adolescentes, ellos tienen sueños… por eso yo hago la analogía entre mi secundaria y la de ellos: yo tenía sueños, también quería que llegara el fin de semana e irme a bailar. También quería hacer eso, y si podía gambetear una prueba, la gambeteaba, al igual que se hace hoy", cuenta. Sus anhelos y los de su familia, especialmente de su madre, no se concretaron, pero eso no lo atormenta: "No sé si hice bien las cosas allá, pero estoy convencido de que lo que hice lo intenté hacer bien, por eso tengo una vida completamente tranquila". Príncipe nació en Capitán Sarmiento, provincia de Buenos Aires. "Hay que entender que vengo de una familia de clase trabajadora, y me emociono cada vez que digo esto, donde cuatro trabajaban y uno estudiaba. O sea, mi hermano, mi hermana y mis viejos laburaban y yo estudiaba. Era el sueño de los viejos que estudiara bioquímica, farmacia o alguna carrera relacionada con la química, más que nada porque me encantaba la química, hasta el día de hoy me gusta". Al terminar la primaria debió mudarse a Baradero para seguir estudiando. Allí se recibió de Técnico Químico en la EEST N°1, en 1980, e inmediatamente después salió sorteado para realizar el servicio militar obligatorio, que comenzó en 1981. Su primer destino fue la IV Compañía de Infantería de Marina, en la Base Naval Puerto Belgrano, cerca de Punta Alta. Irónicamente, por sus estudios, fue seleccionado para instruirse como enfermero de primeros auxilios en el entonces Hospital Naval Río Santiago, en La Plata. "Nos enseñaban a hacer inmovilizaciones, curaciones, un curso sumamente completo. Incluso me dieron un diploma que decía 'Ayudante de enfermero'"."Era un hecho de la vida que había que pasar. Al servicio militar lo teníamos que pasar. Sabíamos que terminaba y seguía nuestra vida de civiles, estudiando o trabajando tal vez", recuerda. Su paso por la Marina dio otro giro cuando lo trasladaron al Edificio Libertad en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde pasó a ser chofer de un camión grúa en los que buscaba vehículos averiados. "Me cambiaron por un jugador de fútbol de Estudiantes La Plata: a él lo llevan a mi puesto en La Plata y a mí llevan a Retiro, a la calle Comodoro Py, y ocupo el puesto del otro muchacho como chofer". Fue allí que, en abril de 1982, camino a su trabajo, vio a un grupo de gente festejando alrededor de la Torre de los Ingleses. "'Qué raro, ¿qué partido jugó Argentina ayer?', dije sin saber que se habían tomado las Islas". Como muchos otros, fue convocado para viajar al archipiélago de Atlántico Sur con "total ignorancia de lo que iba a pasar". "La Armada me daba la posibilidad de conocer lugares que yo en mi pueblo no hubiera conocido nunca. Y bueno, me fui contento. Sé mostrar una foto a los alumnos cuando estábamos por subir al avión para ir a Comodoro Rivadavia y de ahí pasar a la Isla. La característica de la foto es que íbamos todos sonrientes, todos contentos, y bueno, ahí arranca la historia", con 20 años recién cumplidos. Al llegar a Malvinas, él y sus 15 compañeros fueron distribuidos en distintos puntos de las Islas. "A mí me tocó Sapper Hill. Estábamos prácticamente entre Moody Brook y la entrada al pueblo, a Puerto Argentino. Teníamos Monte Tumbledown al pie, me acuerdo que bajaban a los heridos ahí y nosotros íbamos a buscarlos heridos al pie del monte", recuerda. Su tarea era brindarles atención a heridos por esquirlas, principalmente, pero había casos de descomposturas, esguinces, ataques de pánico, emergencias odontológicas y "un montón de otros problemas que no tienen nada que ver con el combate. Nuestra función era esa, la contención, esperar el momento y después trasladarlos al hospital en Puerto Argentino". Si no estaba abocado a esas labores, el veterano pasaba el resto del día en un pozo de zorro junto a otros tres soldados, preparándose para algo que suponían que no iba a pasar, pero pasó, el 1° de mayo. "Cuando llegaron los ingleses estábamos durmiendo profundamente, como los pibes de esa edad. Se sintió que la Isla tembló tremendamente, y luego el griterío. Habían tirado la primera bomba los aviones, y no hicimos nada de todo lo que habíamos organizado: los tres salimos por el mismo hueco de la carpa, manoteamos cualquier cosa y salimos corriendo, porque a partir de ese momento vos le tenés miedo a todo, hasta que vas adecuando el oído para saber dónde iban a caer las bombas", recuerda. Desde allí fue un asedio constante. Durante la noche, los cañones de la flota inglesa disparaban hasta el amanecer y luego continuaban los aviones enemigos. "Te empiezan a jugar esas cosas en contra, el sueño es tremendo y la falta de información de tu casa es peor, no recibir una carta… porque recibir una carta era muy importante en ese momento. Así que bueno, dormitábamos y cuando despertábamos, hacíamos fuerza para enderezar el cuello porque debíamos estar siempre con el casco puesto". "Ésa es la guerra, es continuamente la adrenalina. Primer día de bombardeo, una experiencia nueva; el primer herido, otra experiencia nueva; la falta de comida… vas así. Continuamente sube y baja, estas continuamente aprendiendo y, si no te adaptas, la pasas mal. Sufrís". Cuando se decretó el cese al fuego, Príncipe se reencontró con los 15 compañeros con los que había salido de su base y pudieron entrelazar historias, porque todos tenían una vivencia distinta. En el buque 'Bahía Paraíso', de regreso al continente tras pasar una semana prisionero en las Islas, pudo tomar su primer baño en semanas. "Mi grupo fue el último en llegar porque nos equivocamos y nos bajamos en Río Grande. Cuando dieron de baja a todos los soldados que habían incorporado en Río Gallegos, nos pusieron en el último avión. En un diario de Pergamino sale la última foto donde estamos nosotros y dice 'los últimos quince en llegar'. Para esto, nuestros viejos nos estaban buscando en todos los hospitales de Buenos Aires porque se comentaba que veníamos heridos". De vuelta en el Edificio Libertador, Alejandro volvió a bañarse, le dieron una muda para cambiarse el uniforme que tuvo puesto casi dos meses y, preso de la ansiedad, escapó sin permiso. "Me bajé en San Antonio de Areco y corrí una cuadra a buscar a mi novia, que estudiaba ahí, pero ella no estaba, se había enterado que habían llegado los últimos (soldados) y se había ido a Capitán Sarmiento, a 30 kilómetros. Me fui a la ruta, hice dedo, y una pareja mayor me dejó en la entrada a mi pueblo. Empecé a correr a mi casa, vestido con el casco, y cuando me ve el primer vecino dijo '¡el Ale!', porque yo soy el Ale para todos, entonces salió corriendo detrás mío y yo no le daba bola porque quería llegar a mi casa. Me río porque era como la película Rocky: atrás mío venían corriendo como 10 o 20 personas", contó. Caía el sol y el cartel de bienvenida que su familia había colocado frente a la vivienda colgaba desplegado. "Estaban resignados, decían: 'No va a llegar', pero estaban todos ahí juntos, y yo entré por atrás de la casa gritando '¡Por qué tanta amargura, que tanta tristeza la puta que lo parió'! Qué te voy a contar lo que fue, una locura. Es como si vos vivís en Justo Daract y sos el 'hijo de'. Yo era un pibe tranquilo, no me metía en líos, tenía mi noviecita, éramos la pareja modelo del pueblo, no era un gran alumno, pero era un buen pibe, a mí me tenían todos como un buen chico. Haber llegado era… como el hijo del pueblo. Hasta el día de hoy voy y me tienen como si fuera el hijo del pueblo", recuerda y llora. El destino marcó otro camino en la vida de Príncipe, distinto al que proyectó en su juventud. Pero no reniega de ello y hoy, como muchos otros veteranos, se dedica a malvinizar en escuelas de San Luis, a donde lleva una foto de sus últimos días en la secundaria, donde se lo ve junto a un pizarrón en el que escribió un mensaje a su profesor de química para que no les tomara el último examen. "Los chicos le dan mucha importancia al tema Malvinas y lo lindo es que se habla mucho de valores, de compañerismo, de solidaridad, de la lucha de la posguerra, que es muy importante. Si tenés la suerte de que un maestro te entregue a sus alumnos para vos poder contarles esto, tenés una responsabilidad muy grande con los pibes, y el tema Malvinas te da esa posibilidad, el poder hablar con chicos y dar una charla que termine con algún mensaje positivo". Sobre su legado, Príncipe quisiera ver la Bandera Argentina flameando en un suelo que le es propio por derecho y "que Argentina esté unida de nuevo por la causa Malvinas. Que el legado de Malvinas sea eso, que una a un país que tiene un potencial tremendo, reconocido en todo el mundo, que sea argentinidad pura. Sigo con la inocencia de soñar con un país grande", cerró.