José Francisco Pereyra
Entrevista realizada a José Francisco Pereyra
José Francisco Pereyra es sanluiseño, veterano de la Guerra de Malvinas y suboficial retirado de la Armada Argentina. Hoy, con la serenidad que le dieron los años y la firmeza de quien no reniega de su historia, revive aquel 1982 como un capítulo que marcó su vida para siempre.
Su decisión de ser militar nació temprano. Tenía apenas 15 años cuando representantes de la Armada visitaron su escuela y despertaron una vocación que, según contó, "llevo en el corazón". En 1978 ingresó a la Armada Argentina y realizó su formación en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Tras completar el curso, fue destinado a la Fragata 'Libertad', con la que dio la vuelta al mundo, y luego a Puerto Belgrano, donde pasó a integrar la tripulación de la corbeta misilística ARA 'Drummond'.
El 2 de abril de 1982, a las 04:00 de la madrugada, su vida dio un giro definitivo. A bordo de la corbeta 'Drummond', Pereyra participó del desembarco en las Islas Malvinas durante la denominada Operación 'Rosario'. Sin embargo, el destino real de la misión no fue comunicado hasta último momento: "Salimos a navegar sin saber dónde íbamos. Recién en la madrugada del 2 de abril nos dijeron que íbamos a desembarcar en Malvinas. Nunca nos dijeron que íbamos a una guerra", recordó.
En abril de 1982 tenía 18 años recién cumplidos. Había celebrado su cumpleaños el 16 de marzo, en plena navegación desde Mar del Plata hacia el sur. En las primeras horas en Puerto Argentino, el clima era frío pero el día amaneció despejado. Izaron el Pabellón Nacional y comenzaron a tomar dimensión de lo que estaban viviendo. "Ahí nos dijeron: 'Estamos en guerra, muchachos'. Estábamos orgullosos de haber sido elegidos para esto, el comandante nos habló y nos dijo 'vamos a necesitar de ustedes, van a ser los héroes que necesitamos'. Y empezó todo", relató.
"Hoy es 2 de abril, son las 8 de la mañana y estoy en Puerto Argentino", escribió en la primera carta que envió a sus padres desde las Islas Malvinas, y que recién llegó a sus manos unos 20 días después. "Ellos ya se habían enterado por la radio y por la televisión del tema Malvinas y cuando escucharon que la corbeta 'Drummond' estaba allá, confirmaron que 'el Negro está en la guerra'", recordó, al describir la incertidumbre y la angustia que atravesó su familia durante esos días.
El hundimiento del crucero 'General Belgrano' lo hizo tomar conciencia de que su vida estaba en riesgo y que la muerte era una posibilidad concreta. Muchos de los tripulantes fueron camaradas con los que había compartido momentos previos a la partida. "Habíamos estado juntos en un asado, tocando la guitarra. Cuando escuché el comunicado por radio, se me estremeció el cuerpo", contó.
Ya en la actualidad, cada vez que mira las placas de sus conocidos que fallecieron en el hundimiento del 'Belgrano', se le estremece el cuerpo. "Al ser militar, se supone que uno está preparado para eso, para ver morir a un soldado, pero no es así". Visiblemente emocionado, intenta explicar en palabras el dolor que significa entender la muerte de un compañero en una guerra para el país", señaló José. Incluso, recuerda que luego del conflicto y debido a su cercanía con algunos de los soldados caídos, fue buscado para devolverle la ropa a sus familiares, aunque se negó. Era una responsabilidad a la que no estaba preparado para afrontar.
Durante el conflicto, Pereyra cumplió funciones en la popa del buque, en tareas propias de la marinería como amarras, maniobras y preparación del barco. Vivió bombardeos y situaciones límite, con proyectiles que caían cerca de la embarcación. Más tarde, tras un repliegue a causa de la eventual llegada de submarinos nucleares, fue prisionero de guerra. "Nos trataron correctamente, pero no podíamos hablar. Vi lo que pasaba cuando alguien intentaba hacerlo y no fue bueno", recordó con mucho dolor.
El regreso al continente no significó un retorno inmediato a casa. Primero volvió a Puerto Belgrano para prestar servicio en el Batallón de Apoyo Logístico de la Armada. El reencuentro con su familia recién se dio en la Navidad del 82. "Mi mamá lloraba al ver las fotos en los diarios. Yo me había ido siendo un chico y volví con uniforme y medallas", contó.
Como muchos veteranos, el después no fue sencillo. Pereyra recuerda años de silencio, marginación y falta de reconocimiento. "Hubo un tiempo en que parecía que hablar de Malvinas molestaba. Muchos compañeros quedaron solos, ninguneados, y algunos no lo soportaron", señaló. Aún así, nunca renegó de su condición de veterano porque "vivo mi vida orgulloso de haber defendido la Patria".
Hoy, su mensaje apunta especialmente a los jóvenes. El legado que quiere dejar es claro: amor por la Argentina, por su cultura y su identidad. "Éste es un país hermoso. No hay que perder eso. Defender lo nuestro, el folclore, la Bandera, lo que nos une como argentinos", expresó. Y concluyó con convicción: "Malvinas no es pasado. Es parte de lo que somos y de lo que tenemos que seguir defendiendo".