Rita Liliana Pereira
Viuda de Enrique Ortiz, ex Combatiente de MalvinasEntrevista realizada a Rita Liliana Pereira, viuda de Enrique Ortiz
Rita Liliana Pereira rememoró el momento exacto en el que vio, por primera vez tras el fin de la guerra, a su esposo, Enrique del Carmen Ortiz, sargento primero, artillero, héroe de Malvinas. Basta con que recuerde aquel día en el que lo vio bajar del tren, en Villa Mercedes, para que la emoción le tome el cuerpo y se desborde, en forma de lágrimas. "Quise ir sola a buscarlo, en la camioneta de mi papá. Tenía miedo de que no viniera. Decía '¿Es o no es?'. No lo podía creer. Fue una emoción terrible. Estaba cambiado físicamente, estaba mucho más delgado. Solo pude expresar 'gracias mi Dios porque está vivo'", relató.
Su esposo, que en aquel entonces tenía 29 años, le contestó: 'Estoy, vamos a casa, quiero ver a Claudio'. Claudio, el hijo mayor de la pareja, tenía 2 años cuando él se fue a Malvinas. "Lo tuve a Claudio con tratamiento esos meses, porque lloraba y lloraba. El pediatra ya no sabía qué hacer. Lo vio a su papá, se subió a upa y estuvo un día entero pegado a él", recordó Rita.
Enrique era oriundo de Santa Rosa del Conlara, y Rita, de Villa Mercedes. Ellos se pusieron de novios muy jóvenes, en 1973 —ella tenía 16 años, y Enrique, 19—. Él acababa de terminar la Escuela Militar 'Sargento Cabral', en Buenos Aires. Se conocieron gracias a que el padre de Rita también era nativo de Santa Rosa del Conlara y, como tenía campos, la familia iba fin de semana de por medio. Él, por su parte, regresaba para visitar a su madre cada vez que podía, por lo general una vez al mes.
Como Enrique siguió su carrera militar, el noviazgo fue a la distancia. Fue un amor que se construyó con un sinfín de cartas que iban de Villa Mercedes a Campo de Mayo y viceversa. Rita tiene una caja repleta de ellas. Esas misivas, recordó Rita, estaban dobladas de tal modo que tomaban la forma de una casita. Eran una metáfora de lo que vendría.
A Enrique lo trasladaron a San Luis antes de Malvinas, en 1977. En julio de 1979 se casaron y en diciembre de ese año, debieron trasladarse a Buenos Aires. Cuando Enrique se fue a la guerra, Rita estaba embarazada de su segunda hija, Flavia Soledad, que nació en 1982. Y Renzo, el menor, llegó en 1989, en Río Cuarto.
"Yo recién viví en un barrio militar cuando volvimos de Buenos Aires. Allá viví en barrios muy lindos de familias de italianos, de gallegos y de judíos, era gente muy buena", dijo Rita sobre esos primeros tiempos de casada.
El 7 de abril de 1982, el mismo día que su hijo cumplía 2 años, Enrique partió hacia Malvinas. A Rita, la noticia le llegó por el dueño de la inmobiliaria a la que le alquilaban la casa en Lomas del Mirador, en La Matanza. "Mi marido llamó a este señor, muy amigo, y le dijo al dueño de la casa que alquilamos, que era italiano, que él se iba al sur. Pero le aclaró que todavía no me dijeran nada, que él iba a llamarme al momento de salir. Habló conmigo recién cuando estaba en el sur, el 8 de abril, y al otro día se fue a Malvinas", narró.
Mientras se desarrollaba la guerra, Rita regresó a Villa Mercedes, con sus padres. Solo volvía a Buenos Aires cuando tenía que ir a hacer el trámite del cobro. Una pareja de amigos italianos, María y Vittorio Chapeta, la buscaba en Retiro, la alojaba en su casa durante la jornada y por la tarde la acompañaba a la estación de colectivos, para regresar a Villa Mercedes.
"Yo estaba muy mal. Mi hijo extrañaba mucho a su papá. Fue muy duro todo. En julio de 1982, después del aniversario de su casamiento, lo volví a ver. Las únicas ocasiones en las que tuvimos contacto en ese tiempo fueron en Buenos Aires, en mayo, cuando fui a Buenos Aires, y luego en Villa Reynolds, gracias a comunicaciones de radioaficionados. Yo lo escuchaba, y él decía 'Estoy bien'. Era una desesperación. Llorábamos. Pero ellos nos daban fuerza. Nos decían que estaban bien, que no teníamos que estar mal", recordó.
Por otro lado, Rita recibió algunos telegramas, en los que les expresaba, escuetamente, 'Estoy bien, besos'. Pero esa comunicación tan acotada le generaba dudas, mucha incertidumbre. Además, poco antes de la rendición de las tropas argentinas, llegaron una serie de cartas personales de Enrique (dirigidas a Rita, a Claudio, a sus suegros, a la abuela de Rita y a su madre) que les dejó una sensación extraña y abría el angustioso pensamiento de una despedida. "Me decía: 'Cuidá mucho a Claudio, y si nace una niña, ponele Soledad', porque él había desembarcado en la isla Soledad", explicó. Según las noticias, la guerra había terminado, pero Rita y sus allegados no tenían novedades de Enrique. No sabían si estaba vivo o muerto.
La pareja de italianos le dijo a Rita que iba a acercarse a Campo de Mayo, para ver qué novedades había. Ellos le devolvieron la esperanza: le confirmaron que Enrique estaba vivo, que ya había regresado de la guerra y que estaba en una escuela militar. "Creo que era la (Escuela de Suboficiales General) Lemos. Era llorar, llorar, llorar, de alegría", dijo Rita, quien aseguró que a los militares no les permitían contactarse con sus parientes. "Recién unos días después nos comunicamos. La familia de italianos le compró ropa, porque estaba muy delgado y pudo venir en tren a Villa Mercedes, en julio", dijo.
Después de unos días en Villa Mercedes, la familia regresó a Buenos Aires, esta vez a Caseros, a una nueva casa.
"Él en Malvinas estuvo preso. Dos o tres días antes de que terminara la guerra, perdió a su soldado. Si bien él pertenecía a la Escuela 'General Iriarte', cuando lo llevaron a Malvinas, pasó a depender del Grupo de Artillería 'Antiaéreo 601' de Mar del Plata, porque aparte de ser artillero, él manejaba radar. Él estuvo con su radar y sus soldados en el monte Sapper Hill. Algo impactó, un misil, y todo el grupo corrió hacia un costado, hacia un pozo en el que se protegían. Pero este soldado fue hacia el lado opuesto, lo alcanzaron las esquirlas y murió en el momento", contó Rita.
Poco y nada habló Enrique, en la posguerra, de lo vivido. No hizo terapia, y, al menos en su familia, prefirieron no preguntarle mucho, para no remover recuerdos dolorosos. Pero lo escuchaban cada vez que él quería hablar. "Él falleció en octubre de 2002. En la Navidad del 2001 fuimos a Santa Rosa, a pasarlo con su mamá, y uno de sus hermanos le preguntó algo, y él contó con toda normalidad dos o tres cosas de la guerra, nada más, de cuando estuvo prisionero y lo de su soldado, que le dolió mucho", dijo.
La muerte de Enrique ocurrió a una edad temprana, antes de las cinco décadas. "Ya vivíamos en la casa que construimos en Juana Koslay. A los 43 años le dio el primer ACV por secuelas de la guerra. Estuvo con tratamiento, rehabilitación. Tuvo otro ACV más, y a los seis años (del primero), un sábado, murió de un infarto masivo de miocardio, cuando preparaba la comida para el Día de la Madre. Había cumplido 49 años el 18 de septiembre", dijo Rita.
Para Rita es posible que, con una mayor contención psicológica o médica en la posguerra, Enrique quizás no hubiera tenido el accidente cerebrovascular.
"Conocí Malvinas, el lugar donde mi esposo estuvo prisionero. Fue una experiencia dura, pero me llenó de orgullo saber que mi marido había ido y había defendido esa partecita nuestra que está allá. Fuimos en la anterior gestión del gobernador Claudio Poggi. Cuando nos dieron la oportunidad dije: 'Claro que voy a ir'. Ha hecho mucho por los veteranos en ese mandato y en éste también. Alguien me dio un rosario, rezamos y lo fui colocando en algunas tumbas. Traje ese rosario y se lo entregué al Gobernador", aseguró la mujer, al tiempo que la memoria la lleva a las imágenes que guarda de ese paisaje austral: los pozos, las biromes con las que seguramente los soldados escribían cartas a sus familias, pedazos de ponchos que han quedado petrificados por el frío, los cráteres de los proyectiles.
Ese viaje, asegura Rita, fue "un antes y un después". Previamente, ni siquiera podía escuchar o cantar la Marcha de Malvinas en la escuela donde trabajaba de preceptora. Tenía que ir a su oficina y quedarse en soledad para descargarse desde el llanto. Siente que ese viaje le sirvió para "cerrar una parte de su vida, pero para bien", para estar cerca de la experiencia y el dolor de su esposo y de tantos combatientes.
"Él ha dejado un ejemplo como papá, como marido. Como tantos soldados y militares. Vivía para su cuartel. Llegaba antes que el jefe, le encantaba su profesión. Y te aseguro que cuando le dijeron de ir a Malvinas, debe haber estado feliz. Porque es lo que nos transmitía. Para mí y para mis hijos es un orgullo que su papá haya defendido al país", cerró.