Roberto

Roberto Ochoa

Entrevista realizada a Roberto Ochoa

Es la primera vez en 44 años que Roberto Miguel Ochoa decide contar su historia ante una cámara. A segundos de comenzar, su voz se entrecorta cuando intenta decir su nombre y el rango que tuvo durante la Guerra de Malvinas. Pide un vaso de agua, respira y confiesa: "Se me cierra la garganta, no puedo hablar. No sé porqué", y como mencionaron muchos otros veteranos, tiene claro que cada soldado vivió la experiencia del conflicto de forma distinta, y que las sensaciones que les dejó a veces actúan de forma misteriosa. Con el mismo valor que alguna vez lo llevó a combatir en las aguas del Atlántico Sur, finalmente se abre y cuenta su historia. Ochoa nació en la localidad sanluiseña de Beazley. Con origen en una familia humilde, quien lo crio fue su abuela Irene, quien en definitiva fue su madre. "Yo era muy chico y ella me decía que quería que hiciera el servicio militar, que fuera su mayor orgullo", recuerda. Pero en algún punto esa idea se diluyó y, con 16 años, Roberto partió de su pueblo natal hacia la capital de San Luis para empezar a trabajar, hasta que unos primos lo convencieron de enlistarse en la Marina "con el anhelo de que íbamos a viajar por el mundo. Que era lindo, que era hermoso. Y bueno, me alisté y estuve diez años en la Marina". En el año 1977 hizo el curso de ingreso y a fines de enero de 1978 comenzó su formación en la Escuela de Mecánica de la Armada en la ciudad de Buenos Aires, donde cumplió 18 años, en febrero. "Yo no tenía ni idea de lo que era estar dentro de una institución militar, venía de un pueblo chiquito. Había estado en San Luis para estudiar y, trabajar, pero de repente encontrarme allá con un montón de amigos de la vida, hermanos de la vida que gracias a Dios todavía los conservo. Recuerdo las primeras instrucciones, era todo novedoso, muy violento, cambiar los hábitos, los horarios de comida, de estudio, de salida. Era todo salto para arriba desde que arrancaba la diana (el alba) hasta que nos acostábamos, y si es que nos acostábamos, porque nos levantaban y nos bailaban dos horas más. Era lo que se llamaba PSP (periodo selectivo preliminar) que es un período en el que si te gusta te quedas, si tenés vocación, porque normalmente el que entró por aventura se va, porque no aguanta, es todo mucha mucha adrenalina, mucha risa, no sé si llanto, pero recuerdos". Tras dos años de instrucción. Ochoa egresó como cabo segundo currier y fue destinado a la Base Naval de Puerto Belgrano, en Punta Alta, provincia de Buenos Aires. Sus primeras labores fueron en un buque de desembarco, o buque dique, una embarcación que puede hundirse parcialmente para que lanchas ingresen a su interior para ser reparadas. "Ahí estuve un año hasta que lo sacaron de circulación. Luego viajamos a Ushuaia, estuvimos tres o cuatro meses, era muy lindo todo, espectacular. Recuerdo que habían pasado casi dos años del conflicto con Chile, y era entrar en el canal de Beagle navegando y agredirnos con los chilenos tirándonos con papas", cuenta con humor. Poco después, a mediados de 1981, fue designado para cumplir funciones en el portaaviones ARA '25 de Mayo'. Primero en la zona de máquinas y luego en el área de sanidad. En vacaciones o algunos francos extendidos, Roberto viajaba a su Beazley natal; Irene lo extrañaba, "pero yo era feliz porque siempre quise ser un orgullo para ella". En algún punto de febrero de 1982, tras regresar de 15 días de ejercicios en altamar, Ochoa notó movimientos extraños en el puerto: mucho personal, camiones con combustible, cajas con víveres. No pudo averiguar mucho porque sus superiores solo le permitieron desembarcar a quienes estaban casados, y a él, soltero, le tocó quedarse en el portaaviones cargando los suministros. A fines de marzo, el ARA '25 de Mayo' zarpó con rumbo desconocido, al menos para los de su rango: "El día previo al desembarco en Malvinas, tipo doce de la noche, el comandante nos informó de todas las maniobras que pensaban hacer. Fue todo algarabía, todos estábamos muy contentos de que habíamos recuperado las Malvinas. Pero no sabíamos nada más, y a partir de ahí era escuchar lo que podíamos enterarnos por noticias de radios uruguayas o chilenas, porque no podíamos captar las argentinas". Tras el izamiento del Pabellón Argentino en las Islas, en lo que se denominó la Operación 'Rosario', volvieron a puerto e inclusive él viajó a Beazley, pero a días de llegar le llegó la orden de presentarse nuevamente en la base para zarpar junto a la Flota de Mar ante una inminente llegada de la flota inglesa. "Tuvimos que regresar y ahí ya se tomó la idea cabal de que era una guerra inminente". El miedo cobró forma el 1º de mayo, cuando el ejército inglés comenzó a bombardear a las tropas argentinas, y se acrecentó de manera inimaginable al día siguiente, cuando el submarino británico 'Conqueror' hundió al crucero ARA 'General Belgrano', cobrándose la vida de 323 combatientes argentinos. En el radar de otros submarinos y con el peligro latente de ser hundidos, fueron obligados a retirarse y volver a puerto en el continente. En cierta medida, el cabo segundo sintió que, más allá de la adrenalina de esos días, su situación había sido privilegiada: "No es lo mismo el que estuvo combatiendo cuerpo a cuerpo con el que estuvo en un barco, a resguardo, calentito… Son diferentes relatos. Uno no le da importancia a donde estuvo, pero el que estuvo en el frente de batalla dice no, 'yo prefiero estar acá, donde tengo donde esconderme y no en el mar, porque como le pasó diferentes barcos que hundieron, como los chicos del 'Belgrano'", no había a dónde huir y lo más probable era sucumbir en las gélidas aguas del mar del sur. A ese intercambio de opiniones pudo hacerlo con otros veteranos recién en la década del 90, cuando comenzaron a reunirse y compartir sus experiencias. Más allá de ese ámbito, Roberto nunca quiso contarle a nadie más lo vivido en la guerra. "Hablaba del tema con los compañeros con lo que habíamos estado ahí, que sabíamos lo que habíamos hecho, porque nos entendíamos, ¿entendés?", explica y aclara que nunca pudo dar una charla en una escuela a pesar de colaborar activamente con la causa malvinizadora. "Han querido que hable, pero ya al presentarme me emociono y no puedo hablar. Puedo confundir una fecha o momento por los nervios, no sé, así que prefiero hacer otro tipo de trabajo y que ellos (otros veteranos) hablen con los chicos, y lo hacen muy bien, y gracias a eso muchos chicos apoyan la causa", dice. En 1983, Ochoa se casó y tuvo dos hijos. Continuó con distintos destinos en la Marina hasta pedir la baja voluntaria en 1987, con el grado de cabo primero. Junto a su familia, regresó a San Luis y, pese a las dificultades, encontró trabajo estable en los parques industriales de la capital. "Personalmente no tengo ninguna aspiración. Yo no elegí estar ahí, tuve la suerte de estar ahí, de haber vuelto y podido tener hijos. Ese es el mejor legado", concluye. Su abuela Irene murió en 1988, meses después de su regreso a la provincia: "Tuve muchas ganas de hacer otra cosa en la vida, pero quería cumplirle y le cumplí, con creces, porque estuve en una guerra en la que fui a defender a mi Patria".