Tomasa Noemís

Tomasa Noemís Miranda

Viuda de Francisco Sosa, ex Combatiente de Malvinas

Entrevista realizada a Tomasa Noemís Miranda

Francisco Sosa y Tomasa Noemís Miranda nacieron y se criaron en Beazley. Su historia de amor nació a temprana edad y solo los separó la muerte. En sus años juntos atravesaron por muchas cosas, pero quizás la más difícil fue que él debiera embarcarse en el portaaviones ARA '25 de Mayo' durante la Guerra de Malvinas. El veterano ya no está para contar su historia, pero sí su familia y su viuda, a quien la época del conflicto marcó profundamente. "Una cosa es contarlo; otra cosa es vivirlo. Y sola", dijo. Los años de juventud del cabo principal, Francisco Sosa, transcurrieron entre su terruño y Mendoza, a donde viajaba asiduamente para realizar tareas rurales. "Nos conocimos por unos amigos. Él todavía no entraba al servicio militar, había venido al pueblo porque lo habían llamado para las Fuerzas Armadas. Se incorporó en la Base Aeronaval Comandante Espora", perteneciente a la Aviación Naval de la Armada Argentina, a pocos kilómetros de Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, en donde egresó como cabo primero. "No había trabajo y él siempre se iba a trabajar a Mendoza. Entonces volvió al pueblo para presentarse ya para la Marina y después de que terminara el servicio, como decían ellos, se enganchó. Siguió la carrera militar y siempre comentaba que había un suboficial que le decía 'Negro, quédate ¿Qué te vas a ir? Es una buena posibilidad', y se quedó", recuerda la mujer. Su primer destino fue la Base Naval Puerto Belgrano, en Punta Alta, provincia de Buenos Aires. Al principio él iba y volvía a Beazley en sus francos, pero a los cinco meses la pareja decidió casarse y se mudaron a la base, donde estuvieron unos tres años, ya con Viviana, su primera hija, que nació el 2 de mayo de 1979. Este momento de su vida hizo que Sosa rechazara embarcarse en la Fragata 'Libertad', por el prolongado tiempo que debía dejar a su familia. "Fue difícil porque nunca había estado tanto tiempo lejos de la familia. Y allá la mayor parte del tiempo la pasaba sola porque no tenía conocidos. Era él, yo y la nena, nada más". Los primeros meses de 1982, a Sosa le encomendaron salir a altamar para hacer Teatro de Operaciones, es decir, simulacros, pero le comentó a su esposa que en el barco cargaron más provisiones y equipos que lo normal. En realidad, y sin saberlo, formaron parte de la flota de la Armada Argentina que hizo de soporte en las Islas Malvinas tras la Operación 'Rosario', en la que las Fuerzas izaron nuevamente la Bandera argentina en el archipiélago. "A mí me afectó cuando me enteré. Entonces ahí es como que me cayó la ficha de lo que estaba pasando", recuerda Noemís. Sosa, que estaba en el área de comunicaciones, pasó todo el conflicto embarcado. Con el correr de los días, sin comunicación directa y solo informándose por los medios, la viuda dijo haberse paralizado cuando el 2 de mayo, mientras compraba en un mercadito con su hija en brazos, alguien le comentó que habían hundido al crucero ARA 'General Belgrano', parte de la flota que componía el ARA '25 de Mayo'. "En la desesperación de no saber qué es lo que pasaba, dónde estaba, salíamos, por ejemplo, a la plaza, pero si algún periodista nos preguntaba qué sabíamos no podíamos hablar, teníamos prohibido, o sea, las esposas, los familiares de los de las personas que estaban en el conflicto no podíamos decir nada. Ni teníamos información tampoco. Así que para nosotros era difícil y triste. Para mí, por ejemplo, fue muy difícil porque yo no tenía familia allá. Solamente a mi nena. Después fueron dos hermanos de él a acompañarme", relata. Unos días después del hundimiento del Belgrano, Miranda por fin se animó a llamar a la base para exigir que le dijeran cómo y dónde estaba su marido. "Dijeron que ellos estaban bien y que les habían dado la orden de regresar. Entonces, como que me tranquilizo eso un poco porque era desesperante. Una cosa es contarlo, otra cosa es vivirlo. Y sola". El reencuentro con sus seres queridos no fue inmediato y los meses que le siguieron no fueron fáciles. "Fue difícil para todos, sobre todo para ellos, porque venían de una derrota. Como que la sociedad no aceptaba la derrota. Fue terrible. Tenían que vivir con, por ejemplo, que les dijeran que no servían, que eran inútiles porque se dejaron ganar y nosotros como familiares sabemos que hicieron todo lo que pudieron, que muchos dieron su vida y no lograron ganar esta guerra". Sumado a eso, los bajos salarios obligaban a la mayoría de los soldados a tener un trabajo extra fuera de la base, y conseguirlo no era fácil. "Buscaba trabajo y no conseguían después de la guerra porque los señalaban. '!Ah! estás loco. Loco de la guerra', decían. Sufrió mucho eso. Y cuando llegaban los traían como ocultos en los colectivos o camiones que los trasladaban, todos tapados, porque la gente los juzgaba", lamenta. El veterano no contó mucho de sus vivencias, quizás algunos hechos aislados, como que en altamar la marea los tiraba de las literas, y que un día casi se amputa un dedo al quedarse enganchado. "A veces se lo veía muy triste, se lo veía llorar. A veces se encontraba con alguien y lo que podía hacer era abrazarlo para contenerlo. Porque no sabemos qué vivió o qué vivieron ellos… trataba de estar bien, pero había momentos en que se caía". A dos años de haber regresado del conflicto, Sosa finalmente optó por solicitar la baja y con Noemís volvieron a su Beazley natal. A pesar de la dificultad de conseguir trabajo, en los años siguientes fue seguridad en una empresa privada, operario fabril y trabajador de la construcción en sus últimos años. "Pudo seguir, digamos. Pudo salir. Pienso que fue porque se sintió contenido. Éramos muy compañeros: si uno caía estaba el otro para sostenerlo. Éramos columnas uno y otro, nos cuidábamos el uno al otro". Muy rara vez contaba algo de la guerra, "pero cuando contaba alguna historia, algo que sabía por ahí, se notaba su tristeza". Con el correr del tiempo Francisco comenzó a concurrir a un centro de veteranos. Noemís recuerda que disfrutaba de juntarse con sus camaradas, que se distendía y que incluso lo ayudaron a tramitar una pensión por su participación en el conflicto, algo a lo que él se resistía. "Le gustaba estar con sus amigos. En sus reuniones hablaban de todas esas cosas y es como que fue sanando esa parte. Supongo que no sanaría del todo, ¿no? Quedaron cicatrices, porque de eso quedan secuelas. De todo lo que uno vive o recuerda". Al margen, Sosa nunca perdió la alegría que lo caracterizaba: "Era muy querido dentro y fuera de la base. Era un hombre al que, si había algún festejo o algo al primero que buscaban era a él". Noemís quiere que la corriente malvinizadora actual logre que la historia de lo que pasó no se termine con su generación y la de su esposo, "pienso que tiene que quedar para las generaciones venideras". También pide "que lo recuerden como ese ser humano tan dulce, que tenía una esencia especial. Era muy querible. A todos los amigos y a la familia nos ha quedado su esencia. En casa, por ejemplo, lo recordamos todos los días. Se nos hace escuchar su voz, porque él cantaba, y encontramos su esencia en una canción. A veces, cuando nos da aire en la cara sentimos como que es él, aunque es el deseo de que esté ahí. Lo extrañamos mucho". "Si él estuviera hoy hablando, seguramente hablaría sobre la historia y le aconsejaría a los chicos que no dejen en el olvido esa parte de la historia, que traten de aprender más, de formarse. Les hablaría sobre respeto, porque él siempre hablaba del respeto, de los valores. Que no se pierda eso, que no se pierdan los valores. Él tenía palabras especiales y una manera especial de llegar a la gente", cerró Miranda. El cabo principal Francisco Sosa murió el 30 de octubre de 2020, víctima de una afección cardíaca. Sus últimos momentos los pasó rodeado de su esposa y sus hijos: Viviana, William y Anahí.