Jorge

Jorge Gutiérrez

Entrevista realizada a Jorge Gutiérrez

Jorge Gutiérrez se inscribió en la Armada Argentina en 1979 porque siguió a su amigo del barrio. Ese año rindió y entró a la Escuela Mecánica, en la que estuvo seis años y ocho meses hasta que pidió la baja voluntaria. Dos años después, ese joven de Villa Mercedes al que le gustaba su labor por convicción, fue citado durante la Semana Santa de 1982 para presentarse en el Edificio Libertad. El comandante necesitaba que los vestuarios estuvieran limpios. Se tomó el tren y viajó para cumplir con el pedido. Un lunes, que parecía normal dentro de la Escuela Mecánica, comió, hizo sus deberes y tomó sus 15 minutos de descanso que luego se convirtieron en un viaje que le cambiaría la vida por completo. "Me bañé, me cambié y formé en el patio: 'Gutiérrez, le toca', me dijeron. Cargaron mi bolso en una chata y me llevaron hasta el Edificio Libertad. Dejamos toda la ropa porque nuestra vestimenta era de pantalón y remera gris, nos dieron ropa de combate, armamento y a esperar", recordó Gutiérrez con cierta mirada de desilusión. Esa jornada sabía que iban a viajar a combatir, pero no pudieron salir y por eso él cree que tuvo la suerte que otros no: le pudo advertir a su familia que "a lo mejor iba a Malvinas". "Al otro día, a eso de las cinco de la tarde, nos llevaron a El Palomar, y de ahí tomamos el 'Hércules'. Tipo dos de la mañana, ya estábamos en Malvinas", relata el veterano. Ese joven que hoy a veces llora al recordar lo que fue ese viaje, llegó al territorio de combate sin siquiera saber qué función iba a cumplir, al igual que muchos de sus compañeros. Durmieron en el galpón de un puerto donde con el calor humano lograron sobrevivir al frío del otoño malvinense, que ya presagiaba un invierno largo y duro al que no iban a experimentar, ya que la guerra terminó antes. El rol de Gutiérrez en un principio fue cargar combustible en los barcos que ingresaban de noche a ese puerto. Luego fue trasladado a una carpintería que cumplía función de hospital. También estuvo en El Faro, donde pasaba información, y participó de la misión 'Exocet', donde aseguró la rampa de ese misil. "Los primeros días fueron normales. Es como un trabajo cualquiera, cuando me pasaron al apostadero, que era una carpintería que cumplía función de hospital, comencé a ver los heridos que llegaban. Éramos todos jóvenes, con poca experiencia. Después me llevaron al Faro, ahí estuve seis días observando si veía algo en el agua, lo que entraba al puerto. Después me encargaron asegurar la rampa donde salía el misil 'Exocet', hasta que lo tiraron y no fui más, me encomendaron la tarea de dar combustible a los barcos que entraban de noche", describe los diversos trabajos que hizo, siempre lejos de la primera línea de combate. Pasó de ser un joven que entró a la Armada a ser, con mucha tristeza, un prisionero de guerra. "Llegamos al aeropuerto y no teníamos dónde dormir. Lo que hicimos fue desarmar la pista de aluminio, que era para 10 personas y dormíamos 16 o 20 para tener calor entre nosotros. Nos levantábamos y salíamos corriendo para calentar el cuerpo", cuenta el veterano. Para él, la guerra terminó en Malvinas, pero continuó a lo largo de su vida. Ese combate del que participó y en el que cumplió varios roles, hizo que callara las secuelas por más de 25 años. Solo piensa que Malvinas "nos hizo crecer de golpe, vemos las cosas diferentes". "Yo agarraba los primeros tiempos, me encerraba cuando llegaba la época de Malvinas, me encerraba y me ponía a llorar. Había vagos del barrio que me veían desfilar y después me decían: 'Che, ¿por qué no me dijiste? Nunca me gustó contar", asegura. Lo único que quiere recordar de ese momento fue cuando volvió a su hogar después de tanto tiempo. Se tomó el mismo tren que lo llevaba y lo traía para ir a trabajar, se bajó, caminó hasta su casa y golpeó la puerta: ahí estaba el abrazo del que jamás se va a olvidar. "Estaba ella ahí parada, era mi mamá. Es un recuerdo que jamás me voy a olvidar, era lo que yo necesitaba", recuerda entre lágrimas. Con el correr de los años y gracias al apoyo de su sobrina, comenzó a dar charlas en las escuelas sobre sus vivencias. Otro momento sanador fue el viaje a las Islas durante la anterior gobernación de Claudio Poggi. "Eso me hizo muy bien. Hice lo que no hice en el 82, que fue llorar. Porque en el 82, cuando enterraron los dos primeros cuerpos, lo único que hicimos fue persignarnos. Los enterraron en el puerto. Justo tenía que cruzar ese día a dar combustible en el buque. Pero después, en el 2014, pude llorar y eso me hizo bien. Descargué todo lo que tenía", cuenta Jorge con emoción. "Malvinizamos contando la realidad que nosotros pasamos, situaciones distintas, ninguno estuvo en el mismo lugar y, por eso tenemos diferentes formas de dar las charlas. Esa gente que nos escucha es nuestro legado", reflexiona.