Ricardo Gil
Entrevista realizada a Ricardo Gil
"¿Viste 'La Tormenta Perfecta'?", preguntó el veterano de Malvinas Ricardo Gil. "Bueno, así eran las olas", continuó el veterano, para describir cómo estaba el mar en las interminables horas que pasó en una balsa, con frío, en medio del mar, después de salir con vida del crucero 'General Belgrano' el 2 de mayo de 1982, que fue atacado por el submarino británico 'Conqueror', causando la muerte de 323 tripulantes.
Uno de los dos torpedos impactó, "donde estábamos nosotros, en la máquina de proa, del otro lado de los mamparos, a unos 15 metros", precisó Ricardo.
"Nos salvó que estaba la turbina de alta presión de proa y la de baja presión. Había muy muchas máquinas propulsoras y eso sirvió de barrera y ayudó a que el impacto no se expandiera hacia los costados, si no hacia arriba. El torpedo entró por la máquina de popa, hizo un hueco hacia arriba", contó. Lo que narra Ricardo es un hecho extraordinario. Quizá, por su formación en la Fuerza, él lo explica con precisión técnica. Pero es imposible despojar sus palabras de emotividad, lo que dice es sencillamente impactante.
El veterano de Malvinas nació en San Juan, pero vive en San Luis desde 1987. Tiene cuatro hijos varones, que lo convirtieron en abuelo. "Ingresé en la Escuela de Mecánica de la Armada como aspirante a cabo segundo en 1979, con 16 años. Rendimos en San Juan y una vez que aprobamos, unos 300 chicos aspirantes de esa provincia nos fuimos a Buenos Aires", recordó.
Antes de entrar en la ESMA, Ricardo estudiaba en una escuela técnica. Pero su objetivo era ser mecánico de la armada. En un determinado momento de sus estudios, le tocó el pase al crucero 'General Manuel Belgrano'. Hizo la primera navegación, volvió a Puerto Belgrano, le dieron vacaciones y ahí realizaba mantenimiento, en la planta propulsora (turbinas a vapor, calderas), junto a personal civil.
El 2 de abril a la mañana les informaron que habían recuperado las Malvinas. "Desde chico, en la escuela, te enseñan que las Malvinas son argentinas y que estaban invadidas por los ingleses. Uno se pone contento. Se pensó que los ingleses no iban a venir desde tan lejos, cosa que pasó. Con 19 años, es una aventura. Sos inconsciente, tenés una inconsciencia sana, como para saber lo que puede pasar más adelante. Compañeros con más grado y experiencia en la Fuerza reaccionaron y se sentían de otra forma. Vos vas a la guerra, veías las películas de la Segunda Guerra Mundial y decías 'qué lindo'", aseguró.
Pero el adiestramiento, los entrenamientos no siempre acercan de modo acabado a lo que puede pasar en la realidad, más aún la de un combate. "Salimos un 16 de abril de Puerto Belgrano hacia el sur. Y estuvimos en Ushuaia, Islas de los Estados, patrullando esa zona del conflicto. A las dos de la madrugada tenías el zafarrancho, que es la práctica de abandono o de combate. En el zafarrancho de abandono, suena una alarma y se cronometra hasta que llegas a tu balsa", relató.
Si bien Ricardo es mecánico, en situación de combate, su puesto era en los eyectores de aire del condensador de la turbina de baja presión de la máquina de popa. Pero, en una guardia normal, su puesto era en la bomba de alimentación de una turbo bomba a vapor de alimentación a las calderas, en la máquina de proa, es decir, en otro punto.
El 2 de mayo de 1982 dos torpedos ocasionaron el hundimiento del crucero y la muerte de 323 tripulantes. Hasta las 08:00 de ese día habían estado en el zafarrancho de combate. A Ricardo le tocaba estar en la máquina de popa, donde impactó uno de los torpedos. Luego del zafarrancho, como se entró en zona de exclusión, navegaban de modo normal por fuera de ella, y dejaron los puestos de combate, es decir, retomaron la normalidad.
Ricardo debía entrar a su guardia de 16:00 a 20:00, a la máquina de proa. A las 16:00, cuando estaba haciendo el cambio de guardia, Ricardo le preguntó a su compañero: 'Indio, ¿hay alguna novedad?'. Y él le respondió que no. Inmediatamente después sintieron el impacto del torpedo. Fue una sacudida, el barco frenó y se quedó quieto.
"Nuestro puesto era debajo de la línea de flotación, donde le da el agua al barco. Gritaron 'un torpedo'. Se cerraron las válvulas, todo. Lo primero que pensamos fue en salir por el troncoescape, un caño con diferentes puertas y una escalera en el medio, hasta llegar a la cubierta principal para salir. Pero el impacto había sido muy cerca, y el cabo principal nos dijo que teníamos que salir por la entrada común a la máquina", contó.
Era subir a la planta alta de la máquina, donde estaban las llaves que regulaban la presión de vapor que iba a las turbinas de alta y de baja presión. Pasaron, y los que estaban en la planta alta de la máquina de proa cerraron las válvulas, y tuvieron que caminar para salir a la despensa del barco y cruzar de una borda a la otra, porque ya se estaba inclinando. La gente de cubierta abrió la puerta y cada quien salió a su balsa, aunque hubo que esperar la orden del oficial de guardia para abandonar el barco. "Éramos bastante conscientes de que el que no llegaba a cubierta era porque estaba muerto", aseveró.
Lo que vino después fue tan o más duro: le tocó sobrevivir en una balsa durante 23 horas y 15 minutos, hasta que llegó a tierra firme.
Mientras más personas había en la balsa, más chances tenían de sobrevivir al frío, por el calor humano. Hacían 15 grados bajo cero de sensación térmica. "Mientras la balsa no se diera vuelta... sino, se hundía. Allá en el sur oscurece temprano. En esas horas en el mar no podíamos dormirnos. Y como regla básica de supervivencia no podés comer ni ingerir nada las primeras 24 horas, porque no sabes cuánto vas a estar en el agua, si bien tenés pastillas para potabilizar el agua o llevas chocolate", relató Ricardo.
Algunos, por momentos, lloraban. "Lo que menos haces es conversar. Rezas. Te acordás de tu familia, de muchísimas cosas, porque no sabes si vas a estar al otro día. Todo es instintivo, supervivencia pura. Te orinas por el frío, vomitás, estás sentado sobre el agua, te descompones del estómago. Tenés que tratar de mantenerte caliente y despierto. El que estaba al lado tuyo te despertaba, porque si te dormías, corrías el riesgo de morir", aseveró.
En un determinado momento, el sonido de un avión los hizo ilusionarse con el salvamento, pero no sucedió. Recién pasadas las 15:00 del 3 de mayo los rescataron. "Creo que fue el 'Bouchard'. Había camaradas de mi promoción en el buque", recordó.
Ricardo no tenía fuerzas. Recibió un caldo de gallina. "Los muchachos de la cocina agarraban los vasos con una rejilla, por lo caliente que estaba, pero nosotros no sentíamos el calor. Lo tomábamos como agua. Pedí agua, me tomé una damajuana de 5 litros de agua, y pedí pan. Me quería ir a acostar un rato. Llevaba, en definitiva, casi dos días sin dormir", contó. Durmió 23 horas.
El reencuentro con sus familiares se dio varios días después. Ellos lo vieron llegar y lloraron. Se sumaron vecinos. El recibimiento fue con alegría y con emoción. "Mucha gente sabe que soy veterano, y hablo si me preguntan. Pero últimamente no me vas a ver en los actos, algunos lo toman a mal. Es que me emociona de tal forma que me hace muy mal", confió. Tiene miedo de que eso impacte en su salud, como le ha sucedido a un compañero al que se le bajó la presión y tuvo un principio de ACV.
Ricardo tiene una certeza: "Creo que dejar un legado es ser buena persona. Hay que tratar de dar un ejemplo, ser honesto, que te digan 'fuiste honorable, respetuoso'. Todo eso es malvinizar".