Jorge Luis García
Entrevista realizada a Jorge Luis García
"Siempre digo que soy un agradecido al universo por poder contar la historia. A la mayoría de los chicos, de la gente con la que hablo, les transmito lo que viví desde el primer momento hasta el último sin mentiras ni fantasías, sino realmente lo que pasamos cada uno. Me pone muy orgulloso. Fue y es mi forma haber defendido a mi país y que los chicos sepan que las guerras no conducen a nada", es el anhelo del veterano Jorge Luis García, que hace 23 años eligió Villa de Merlo como su lugar de residencia y también de sanación para sus heridas de posguerra.
Sobre su llegada a la villa serrana cuenta que "vinimos de vacaciones, una locura en ese momento de mi suegro y bueno, y nos gustó el lugar y bueno fuimos nosotros los que dimos el puntapié inicial para estar acá".
Sobre lo que vivió en las Islas no anda con vueltas: "A la marca de lo que pasó la vamos a llevar siempre. No soy un Jorge distinto, soy humilde, tratando de enseñarle valores a mi hija, a mi nieta de siete años, a mi nieto de casi dos. De inculcarles que sean buenas personas", cuenta.
El año 1981 llegaba a su fin, Jorge había egresado de una escuela secundaria industrial y vivía con sus padres en una casa humilde en San Fernando, en el norte del conurbano bonaerense. Jugaba en las inferiores del Club Atlético Platense, pero como era común en la época, salió sorteado para hacer el servicio militar obligatorio, en su caso con el número 999: "Casi me caigo del bolillero, pero me tocó", bromea sobre su destino, que con un número tan alto no podía ser otro que la Infantería de Marina.
Su primer destino de instrucción fue en el predio del Parque Pereyra Iraola de la ciudad de La Plata. Tras tres meses de formación, fue designado al Batallón de Infantería de Marina Nº5 Escuela (BIM 5) en Tierra del Fuego.
"Nunca pensé que iba a ir a la guerra. Creía que iba a cumplir el año de conscripción y volver a la vida habitual, a retomar la pasión de ese momento que era el fútbol. Conseguir un trabajo para ayudar a mis padres, que eran gente muy muy humilde. Pero nada de eso sucedió", recuerda con voz entrecortada.
El 2 de abril de 1982, el veterano y sus compañeros fueron formados en la Plaza de Armas con sus mochilas cargadas con balas y apenas una bolsa de dormir. Les dijeron que iban a ser trasladados a Malvinas y dos días después desembarcó en Puerto Argentino, destinado junto a dos compañeros a una trinchera o pozo de zorro, en Monte Tumbledown, unos 20 kilómetros campo adentro.
"Cuando llegamos al aeropuerto recién nos dijeron que era una toma y después nos íbamos a retirar. Nosotros con 18 años creíamos todo. A mí me faltaba poco para salir de baja, un mes, pero todo cambió". "Creíamos que era todo una joda hasta que el 1° de mayo sentimos los primeros bombardeos y dijimos: 'Bueno, esto va en serio'. Tuve miedo de no volver", dijo.
Terminado el conflicto Jorge cayó en manos de los británicos. Pasó unos días como prisionero en Puerto Argentino, luego fue trasladado a Bahía Blanca en el buque hospitalario 'Bahía Paraíso' y de allí nuevamente a La Plata, donde pasó varios días internado con segundo grado de congelamiento en el cuerpo.
No tiene verguenza en reconocer que "fue un alivio haber caído prisionero porque sabíamos que terminó todo, pero tampoco sabíamos que iba a pasar. Esa fue toda la incógnita. Y después el reencuentro con mis padres fue una noche tipo 12:00 que nos dejaron en Ezeiza, a la deriva, y pudimos subir a una combi que nos llevó hasta Retiro. Yo vivía en San Fernando, encontré justo un amigo ahí en Retiro y me quería llevar a comer, pero yo solo quería ver a mis padres. Entonces este amigo que jugaba al fútbol conmigo me acompañó hasta la esquina de mi casa. Fue una gran emoción, mi mamá no me reconoció, porque hay que pensar que me fui con 82 kilos y volví con 59. Y yo los encontré más avejentados", rememora.
El veterano cuenta que nunca sintió su historia como un peso, pero que por algún motivo la mantuvo guardada hasta mediados de 2001, cuando se mudó a Merlo. "No sé porqué. Quizás el aire, el relieve del Filo que veo igual que el paisaje de Malvinas, me dio un empuje para decir: 'Bueno '¿Por qué no contar mi historia?'".
"El mensaje que quiero dar es de paz, porque como siempre, doy gracias al universo porque nunca tiré un tiro", y contar la historia "es un legado, porque realmente los héroes fueron los soldados que quedaron en Malvinas, que plantaron bandera ahí para que el día de mañana, de manera diplomática, las Islas vuelvan a ser nuestras", reflexionó, al tiempo que pide que las nuevas generaciones "sepan la historia por nosotros y no detrás de una computadora, que alguien se la cuente en persona. Me costaba un montón porque estar frente a los chicos es difícil, tenes que saber qué contarles. A un chico del jardín de infantes no es más que decirle la fauna, la flora, dónde quedan las Islas. Pero a los jóvenes, hay que tratar de mandarles un mensaje y el mío es de paz, yo doy gracias al universo que nunca tiré un tiro".