Victor Gatica
Entrevista realizada a Victor Gatica
El suboficial principal retirado, Víctor Manuel Gatica, nació en Villa Mercedes como el menor de ocho hermanos, el mayor de ellos militar. Si bien siempre tuvo la idea de seguir sus pasos, su deseo original era estudiar en la escuela industrial para ser carpintero. Pero el verdadero motivo de su ingreso a la V Brigada Aérea de Villa Reynolds fue que allí le brindaban todos los elementos que su madre no podía costear para que terminara sus estudios secundarios.
"Ella me comentó que su trabajo no la ayudaba como para comprarme el uniforme que necesitaba para ir a esa escuela. Con llanto y lágrimas en los ojos me lo comentó y yo lo entendí", recuerda. Así que en 1975 comenzó sus estudios en la base. "Con el tiempo se comienza a querer a la Fuerza Aérea. El manejo de aviones, se comienza a querer a todo el grupo, se forma un equipo. Tener una preparación podemos decir, que nunca pensamos que se haga para una guerra", aclara.
Con sacrificio, a veces caminando y a veces en bicicleta, Gatica recorría a diario los diez kilómetros que separaban su casa de la base. En tres años nunca se llevó a rendir una materia y fue abanderado o escolta en todo ese periodo.
Culminada esa etapa, comenzó su instrucción netamente militar en la Escuela de Suboficiales de la Fuerza Aérea en Ezeiza, de donde egresó como cabo a finales de 1978. Luego regresó a Villa Reynolds, a trabajar directamente con aviones 'A-4B' y 'Pucará' "ya como un empleo, con sueldo y obra social" para alegría de su madre y su familia.
En los años que siguieron se especializó en armamento aéreo. Su tarea, junto a otros ocho mecánicos, era dejar las aeronave 'A-4B' en condiciones para volar y ejecutar sus misiones. En el caso de que se precisara armamento, él era el último en actuar, ya sea instalando municiones, bombas o cohetes.
A principios de 1982 fue destinado a la III Brigada Aérea de Reconquista, en Santa Fe, separado de sus compañeros y lejos de su familia. "Yo era el más chiquito y para mi mamá, el desprenderse de la familia era doloroso. Ya estando allá no se hablaba de nada, no se sabía nada. Quince días antes (del 2 de abril) aproximadamente ya hubo un acuartelamiento. El personal tenía que estar dentro de la brigada y ni siquiera podías hacer una comunicación. En esa época comunicarse era muy difícil, todo lo hacíamos a través de cartas, que de Reconquista a Villa Mercedes tardaban 30 días en llegar", recuerda. Para cuando su madre las recibió, él ya estaba en Malvinas.
El 9 de abril, el suboficial principal se subió a un avión 'Hércules' pensando que aterrizarían en Río Gallegos. Para su sorpresa, al abrirse la compuerta estaba en las Islas Malvinas, "con el corazón en la boca, pensando en que ojalá (la guerra) no suceda. Empezás a sentir un poco de miedo por estar lejos, en un lugar muy desconocido, con gente que habla otro idioma. Todas esas cosas se te pasan por la cabeza. Y bueno, ¿quién está preparado para tal escenario?", se pregunta en retrospectiva. "Estábamos acostumbrados a ejercicios, pero nunca a un trato directo, a un combate".
Él y sus compañeros mecánicos se instalaron en carpas alrededor de la torre de control de Puerto Argentino, que describe como "una choza". "No estábamos acostumbrados a tanto frío. Había nieve, vientos que a veces nos hacían tambalear. No podíamos caminar. Inclusive no podíamos trabajar con el avión, porque era muy fuerte y teníamos que inclinarnos".
"Ese tiempo que estábamos ahí nos hicimos más unidos, porque el estar juntos era transmitirse calor y todos los sentimientos. Porque todos extrañábamos, todos queríamos volver y pensábamos qué nos iba a pasar si había un conflicto: si salías, si ibas a ser herido, si ibas a tener la posibilidad de volver a estar con nuestros seres queridos, de volver a tu casa. Por eso le pedíamos a Dios, todos los días, y a la Santísima Virgen, que nos protegiera y ayudara a volver".
El 15 de abril, los aviones 'Pucará' fueron trasladados a una pista de tierra en Darwin, a unos 100 kilómetros de Puerto Argentino. El 1º de mayo, "una mañana muy fría, estábamos esperando el desayuno, un mate cocido que venía de la ciudad… Dentro de la carpa de los mecánicos había un grupo de gente que estaba preparada por si venía el piloto para despegar por el riesgo de que hubiera un ataque".
El piloto teniente Daniel Jukic, de 27 años, llegó poco después y comenzaron los preparativos en la pista. "Esperando que todos mis compañeros terminaran su trabajo, le pedí autorización a este muchacho y comencé a trabajar en el sector de cohetes. Estando debajo del ala sentí una aproximación o un temblor, no sabía de dónde, pero era la aproximación de tres aviones 'Harrier', pegados al piso, que venían a bombardear ese lugar". Una de esas naves soltó una bomba Beluga, o bomba de racimo, que contiene granadas que se dispersan radialmente una vez detonado el explosivo exterior.
"Hay miedos que movilizan y hay miedos que no. A nosotros nos paralizó ver semejante avión, escuchar el desprendimiento de la bomba y donde impacta. Prácticamente nadie se tiró al piso para cubrirse, no dio tiempo. Lo único que hice es darme vuelta, darle la espalda a la onda expansiva y recibirlo todo". "Entré en shock. No sentía mi cuerpo. Es impensado verte, con 20 años, con tantas heridas. En ese momento tenía siete cortes en el cuero cabelludo, la mandíbula quebrada y ya no tenía el dedo índice, todo producto de las esquirlas. En la muñeca ya quedé con un solo hueso. Prácticamente en esta mano no tengo sensibilidad. Todos los tendones en la muñeca se cortaron. Tengo múltiples heridas y más de 40 esquirlas en mi cuerpo hoy en día, que no se mueven. Ya hace 44 años que las tengo, así que porqué molestarlas ahora".
El relato se entrecorta; los ojos se humedecen. "Creo que Dios estuvo ahí al lado mío y me dio otra oportunidad, la de poder reaccionar, acomodar un poco mi cuerpo y salir caminando. Casi llegando a la carpa de los mecánicos, el avión explotó y todos los que estaban ahí fallecieron. Éramos nueve: siete mecánicos, el piloto y yo, el único sobreviviente".
Gatica estuvo 17 años sin hablar, hasta que comenzó a reunirse con otros veteranos para compartir su historia en escuelas o instituciones que quieran recibirlos. "A los chicos les contamos de valores, lo que hemos vivido, elementos importantísimos allá: la solidaridad, el equipo. También decirles que ellos comienzan con un grupo pero salen como un equipo, que es lo que nos pasó a nosotros. Allá no había distinción, no usábamos rango, éramos todos soldados, para apoyarnos, ayudarnos. También es bueno transmitir eso, la posibilidad que tiene el pueblo de escuchar la historia en primera persona ¿Quién no hubiese querido escuchar a un granadero lo que vivió con San Martín?".
Hoy dice que vive en paz, feliz y al frente de su fundación. Tras la guerra, "cuando estaba en el hospital la vi llegar a mi mamá. Era de pocas palabras, pero sí de acción, de afecto. Al cariño lo brindó a través de un abrazo, por eso hoy mi fundación se llama 'Malvinas en un abrazo' en agradecimiento a eso. Estuvimos abrazados no sé cuánto tiempo sin siquiera decir una palabra. Era una transmisión de lo que ella sentía hacia mí y de lo que yo sentía hacia ella". Su legado: sembrar la semilla de la unión del pueblo.