Eduardo Frezzi
Entrevista realizada a Eduardo Frezzi
En 1975, Eduardo Frezzi dejó La Carlota, su pueblo natal en el sur de Córdoba, para estudiar la carrera de ingeniería química industrial en Villa Mercedes. Recuerda que el país vivía épocas difíciles y confiaba en que los estudios superiores le darían un futuro mejor, aunque nunca pensó, ni en sus peores pesadillas, que la guerra iba a llamar a su puerta para dejar en suspenso sus proyectos de vida.
A sus 26 años, con su formación ya avanzada y trabajando en una escuela como profesor, recibió una carta del Ejército Argentino. Corrían los últimos meses de 1981 y estaba por rendir un final: la misiva lo convocaba a sus filas como parte del servicio militar obligatorio, que había pospuesto para estudiar.
Su madre lo había visto subirse a varios colectivos después de las visitas a su hogar cordobés, pero cuando se subió al que lo llevaría para sumarse a las filas de las Fuerzas Armadas, la mujer lloró por primera vez. "Tengo tan presente haberle dicho: 'Vieja, quédate tranquila que no me voy a una guerra', y bueno, el destino parece que estaba anunciado. Y mamá lloraba por algo", contó, reconociendo ese sexto sentido que tienen las madres para predecir cuándo sus hijos se ponen en peligro.
El 2 de febrero de 1982 Frezzi se incorporó al Ejército y un día después fue trasladado a Colonia Sarmiento, en la provincia de Chubut, su destino como soldado conscripto. "Era una guarnición militar que tenía tres unidades, entre ellas la Compañía de Artillería 9. El jefe era el coronel Seineldin, de quien muchos no se acordarán, pero fue una persona muy importante para este país".
"Ingresé a Malvinas el 2 de abril a las 9 de la mañana y llegué al continente el 21 de junio a Puerto Madryn como prisionero de guerra. Estuve todo lo que duró la guerra hasta la rendición. Los últimos siete días como prisionero en un buque inglés", contó, sin que fuera posible describir en su totalidad lo que está sintiendo por dentro mientras recuerda la aciaga guerra del Atlántico Sur. "Llegar a Malvinas fue muy importante. Hacíamos campos minados, nos trasladamos a Bahía Fox, en la Gran Malvina. Estábamos con una fuerza de resistencia que no llegó a ser tal porque nos sobrepasaron", reconoce.
La función que le tocó cumplir, las misiones que llevó adelante, lo que vivió, sufrió y tuvo que sobrellevar son cuestiones que guarda muy adentro y prefiere no exteriorizar. Es respetable, cada veterano sabe hasta dónde puede contar, qué le permite su equilibrio, porque hay recuerdos dolorosos guardados en la memoria, a los que es mejor no echarle luz.
A esos recuerdos, como sus compañeros, los revive en cada juntada con otros veteranos y en cada charla que dan a quienes quieran escucharlos. Es interesante saber cómo llegó a reconstruirse para ser lo que es hoy en día: esposo, padre, abuelo, practicante de la fe (uno de sus grandes pilares, confesó) y miembro activo de una asociación de veteranos que buscan dejar un legado. Será sin detalles escabrosos de los combates, porque antes que nada este libro busca ser un homenaje respetuoso a esos hombres que fueron a poner el pecho por la Argentina en condiciones difíciles, ante una potencia, con el solo respaldo de su inquebrantable amor por la Patria.
"Para mí la posguerra fue muy dura. Creo que para muchos. Fue una situación muy difícil de sobrellevar. Tal es así que hay más muertos suicidados en la posguerra que en la guerra propiamente dicha, eso da un importante dato de lo que fue el después", reflexiona, y en parte es una de las razones de su estudiado silencio a la hora de contar algunas cosas.
"¿Qué es lo que nos costó entender a los veteranos? Aceptar porqué no nos entendían. Y no nos podían entender porque no vivieron nunca lo que nosotros vivimos. Ese entendimiento nos llevó a algunos 10 o 15 años, a otros menos; otros no lo lograron", contó con una entereza admirable, sin entrar en la crítica fácil, absorbiendo los golpes que provocaron el desdén de una sociedad que no aceptó la derrota, aunque muchas veces se las tomó con las personas equivocadas. Los responsables estaban lejos de las trincheras heladas y los pozos de zorro.
Tras la guerra, sin anuncio, Eduardo llegó a su casa paterna en La Carlota. La puerta estaba abierta porque en el pueblo no era necesario cerrarla. Su madre, que dormía, volvió a llorar, pero esta vez de alegría. Él le colgó en el cuello el mismo rosario que ella le confió cuando partió a Malvinas.
En 2015, cuando regresó a las Islas junto a un grupo de veteranos gracias a una gestión del gobernador Claudio Poggi, la mujer volvió a dárselo, "y ése es uno de los cierres que me gusta contar: cuando volvimos a San Luis el pueblo nos dio la bienvenida que nunca tuvimos en esa época. Yo no sabía, pero mi mamá esperaba entre la multitud y como ya había hecho, volví a colgarle su rosario en el cuello. Es lindo ¿no?".
Hoy Eduardo les rinde homenaje a sus tres hijos y a sus dos nietos, "que fueron los pilares que nos acompañaron en estas épocas", agrega, pero también dice que es un "agradecido de Villa Mercedes, una ciudad que me ha cobijado y a la que por suerte pude brindarle yo también algunas cosas".