Juan Carlos Ferrara
Entrevista realizada a Juan Carlos Ferrara
Aunque nació en Mendoza, Juan Carlos Ferrara ha forjado su vida en la provincia: a los 8 años llegó a San Luis y cuatro más tarde su madre lo llevó a Villa Mercedes. Comenzó la secundaria en la Escuela Industrial y, con 15 años y medio, se fue a la Escuela de Mecánica de la Armada, para hacer la carrera de suboficial. En 1980 se recibió y le dieron el pase al Crucero 'General Belgrano', que se otorgaba según el promedio. "El primer promedio iba a la Fragata 'Libertad'; el segundo, al Crucero 'Belgrano'; y el tercero al ARA '25 de Mayo'. Me puse las pilas en estudiar, no me llevé ninguna materia y por 50 centésimas en historia no di la vuelta al mundo en la Fragata 'Libertad'. Pero tuve el honor de tener un buen promedio para ir al Crucero 'Belgrano'. Más allá que en la escuela conocí muchos buenos amigos, en ese buque terminé de formar una familia con jóvenes de distintas provincias", aseguró. Fue su segunda casa.
Ferrara cumple años el 4 de abril, y el 2 de abril inició la guerra. En ese momento, no dimensionó lo que pasaba. "Pensábamos que era un circo, en una palabra, que no iban a hacer semejante viaje por una isla, pero que teníamos que cumplir en salir. Si me preguntas ahora, las Islas Malvinas son una riqueza impresionante para el país, pero en su momento no lo entendíamos. Después del tercer día empezamos a tener noticias y nos enteramos de lo que estaba pasando en un lado, en otro, porque nosotros estábamos en medio del mar, y ahí nos cayó la ficha de que estábamos en riesgo y que podía pasar cualquier cosa", aseguró.
El ARA Crucero 'Belgrano' era un buque antiaéreo poderoso, imponente. En condiciones de navegación normal, Ferrara era timonel del barco, y en navegación de combate, su puesto de trabajo era en el servomotor. Cuando empezó el histórico y trágico bombardeo al buque, Ferrara estaba de guardia. Recuerda todo con la precisión de un relojero. "Yo estaba de 16:00 a 20:00, y mi compañero Walter Carrizo, de 12:00 a 16:00. Dormíamos, yo dormía en la proa. Me desperté y algo me decía 'Andate, andate de acá'. Ese día, estábamos navegando mar adentro y eran las 15:30 y yo ya no podía estar. Dije 'me voy antes, que Walter se retire antes, no pasa nada, total ya estoy despierto'. Si usted ve fotos del barco, hay una imagen, la proa está cortada por uno de los torpedos, y ahí es donde dormía yo. Siempre iba 10 o 15 minutos más tarde, porque me quedaba a tomar el mate cocido y después iba a tomar la guardia. Y con Walter, como éramos tan amigos, no pasaba nada", recordó. Pero ese día se despertó y se fue antes.
Ellos escribían un libro diario, con las novedades. "Me dice; 'Walter te doy el jarro mío, andá a buscar el mate cocido para los dos, vení, lo tomamos acá y yo voy a empezar a escribir el libro mientras vos tomas la guardia'. A las 15:55 fui a buscar el mate cocido. El barco mide 182 metros de largo, yo tenía que ir a la cocina, que estaba en el medio del barco. De la popa hasta arriba demoraba siete u ocho minutos en ir y volver. Volví con el mate cocido, el pan, me dieron los auriculares, tomé la guardia, empezamos a tomar el mate cocido, estábamos en una mesita chiquita, y en eso sentimos el primer golpe", narró.
En principio, creyó que como habían ido buques a protegerlos, habían chocado con otro barco. Pero, en un segundo, se sintió el segundo torpedo. "De estar sentado así, saltó, voló todo y ahí, tres metros más abajo de la cubierta y como nueve metros más abajo de donde estábamos, sentimos el segundo impacto. Fue un desastre. Nos miramos y se empezó a apagar la luz", relató. El ruido normal de las hélices paró.
Juan Carlos y Walter resolvieron irse de allí. Cuando salieron del servomotor al hangar, ya estaba todo inundado. "Veíamos el hueco del torpedo. Cuando la ola subía, entraba una cantidad de agua y todo se inundaba, era imposible salir. Decidimos volver al servomotor y hermetizar la puerta. Lo hicimos y esperamos. Todo el mundo nos pregunta cómo hicimos para salir. Ni idea. Salimos y comenzamos a ver a compañeros totalmente quemados. Ahí entramos a la realidad de la guerra y la impotencia de no poder hacer nada, porque se hundía el barco", relató. Fue el momento de tirarse a las balsas, de intentar salvarse.
Desde el momento en el que hundieron al 'Belgrano' hasta que rescataron a Juan Carlos, pasaron 28 horas. "Estábamos cada vez más al sur, más hacia el lado de la Antártida. El viento y la marea nos arrastró 71 kilómetros más al sur, en 28 horas. Cada vez que pasaba una hora más, más se desparramaban las balsas, eran más difíciles de encontrar. A las 17:30 se hacía de noche, eso dificultó encontrarnos. Cuando los buques quisieron volver a rescatarnos, detectaban el submarino, entonces no podían. Por eso pasaron varias horas para que nos rescataran", explicó.
Las balsas estaban preparadas para que viajaran entre 16 a 19 personas. Pero en la suya iban 22. "Eso nos favoreció, porque al estar uno al lado del otro, amontonados, teníamos calor humano. Y eso te hace sobrevivir más, más allá de que el mismo movimiento de las olas te hacía vomitar y el frío, orinar", relató. Ahí, para todas esas necesidades humanas, no se podía pedir permiso. "Tenías olas de 10 metros que subían y bajaban, el viento y no podes pasar por arriba de uno, de otro, de otro", recordó.
Si bien la balsa estaba equipada con agua, un destilador de agua, una pistola de bengala, medicamentos, un barrilete para hacer volar una antena de una radio y una pastilla que, "si usted la toma es como si se comiera un guiso, con todas las calorías", el temporal no permitía hacer uso pleno de todos esos recursos, contó. Además, en la balsa, iban dos personas quemadas a las que, cada una hora, había que suministrarles una inyección.
Si lograron sobrevivir fue, en gran medida, a que tuvieron un comandante de la balsa, Castro Madero, que supo ordenar y llevar tranquilidad a todos los tripulantes, consideró Juan Carlos. "Nuestro comandante nos contuvo psicológicamente, porque de arranque, cuando todos caímos en lo que estábamos pasando, nos empezó a decir 'a partir de ahora usted va a contar, va a rezar un Padre Nuestro. Cuando él termine, el que está al lado, va a contar un cuento, cualquier chiste, lo que sea'. Después un Ave María, un chiste, un Padre Nuestro, y así estuvimos, esperando que nos rescataran", contó. Si a Juan Carlos le preguntan si sintió miedo, él responde que no. "Ni sé en qué momento pasaron las 28 horas", dijo, y agradeció a Dios por haber regresado a casa.
Años atrás, fue elegido presidente de un centro de veteranos, y su misión fue desde el primer momento "devolver a la sociedad lo que hizo por nosotros". "La gente estuvo, mandó un chocolate, hizo cartas, donó cosas", dijo Ferrara, quien destaca el apoyo psicológico y familiar que recibió. A diferencia de otros camaradas que, sin contención y perseguidos por las pesadillas de la guerra cayeron en la adicción a las drogas o el alcohol, tuvo a su madre a su lado. "Ella no bajó los brazos conmigo, me apoyó en todo. Si no hubiera sido por ella, no estaría en las condiciones que estoy, como le pasa a muchos de mis compañeros", expresó.