Rita Farías de Rios
Viuda de Julio César Ríos, ex Combatiente de MalvinasEntrevista realizada a Rita Farías de Rios, viuda de Julio César Ríos
Malvinas es, para Rita Farías de Ríos, un cosmos de significados, que incluyen palabras como dolor, amor, Patria, elecciones, familia, legado. Hace 73 años, Rita nació en Candelaria, la cálida localidad ubicada al noroeste de la provincia. Y también al noroeste, pero del país, en Salta, nació el padre de sus hijos, su compañero de vida, el veterano de guerra Julio César Ríos. Él murió hace 13 años, después de atravesar un cáncer que lo llevó a estar en silla de ruedas y que impidió concretar un sueño que quería cumplir junto a otros compañeros, durante el primer mandato de Claudio Poggi: volver a las Islas. Pero Rita lo hizo, ella pudo pisar suelo malvinense.
Como si no bastara esa proximidad emotiva, Rita estuvo más cerca de las Islas que muchas otras esposas o viudas. En 1982, ella ya estaba casada con Julio. Ambos compartían el ámbito de trabajo: ella como personal civil y él, como militar. Por cuestiones propias del empleo, se habían mudado en 1980 a Río Grande, en Tierra del Fuego. Cuando la Junta Militar resolvió recuperar las Islas, ellos ya tenían una hija, Rita Silvina, de 1 año y tres meses. Después, en la posguerra, llegaron los dos varones: César y Fernando.
"Julio, como infante de marina, soñaba estar en combate. Nunca se arrepintió. Jamás. Me dijo 'yo estoy preparado para la guerra'. Es lo más importante que me enseñó. Y esa es la enseñanza que le doy hoy a mis hijos y a mis nietos", afirmó.
Julio estaba afectado al Batallón de Infantería de Marina N° 5 (BIM 5), una unidad de la Infantería de Marina de la Armada Argentina con sede en Río Grande. "Un jueves 8 de abril, un Jueves Santo, yo había hecho mis primeros ñoquis. Le dije 'qué suerte que venís a comer', porque él se iba a la mañana temprano y volvía a la noche. El batallón estaba a una cuadra de casa. Me dijo que se iba a cambiar las botas porque se iba a hacer reconocimiento al campo, algo que hacían una vez al mes, y no sabía si volvía esa noche o al día siguiente", narró.
Pasó el jueves y el viernes, Julio no había regresado. El sábado, Rita se fue al super con sus hijas, a hacer compras. "Y allí, la esposa del encargado del batallón, me preguntó '¿no le mandaste nada a tu marido?'. Le dije '¿cómo no le mandaste nada?'. Y me dijo 'Están en Malvinas'. Hice silencio y volví a casa, sin comprar nada. En mi casa lloré, y dije '¿qué hago ahora, por qué no me lo dijo?", recordó.
Hoy interpreta que Julio prefirió no decirle nada para resguardarla. "No me quiso decir en ese momento las cosas fuertes para que no me preocupara, quizás porque quedaba sola con mi hija", dijo.
Un par de días después, en una reunión en el batallón, a los familiares les ofrecieron volver a sus provincias de origen. Pero Rita eligió quedarse allí, en el barrio militar, a esperar a su esposo. "Yo dije, si lo despedí en mi casa, lo voy a esperar en mi casa' Lo hice sola con mi hija, y éramos pocos los que nos quedamos, ahí seguí la lucha", aseguró.
Ella sentía temor, y no lo oculta. "Estábamos preparados para la guerra, sabíamos qué tenía que hacer, qué debíamos dejar preparado, como un pequeño bolso con agua, abrigo, leche y pañales para mi hija", contó.
Una fuerte noticia, el hundimiento del Crucero 'General Belgrano', acentuaba el temor. "Eso nos hacía pensar que los ingleses estaban muy cerca. Mi casa estaba a dos cuadras del mar y una cuadra del batallón, y justo tenía un radar enorme frente a mi casa, en un baldío. Pensaba 'si vienen por mar, o por aire al batallón, me entierran' y me preguntaba '¿qué hago, hija mía?' Era rezarle a la Virgen, que nos iluminara a nosotras y a los que estaban en Malvinas", recordó.
De todos modos, hasta ese momento, la guerra parecía por momentos, una fantasía, algo irreal. Solo después de un alerta grande, que llamó fuertemente la atención de los vecinos de Río Grande con sus sirenas, vio la guerra como un mal próximo.
Julio se fue un 8 de abril y un 24 de junio regresó. "Me hubiera gustado que el reencuentro fuera en mi casa, o en la calle. Pero fue en el batallón, y ahí no podes derramar los sentimientos, es un lugar de trabajo. Pero fue fuerte. En la guardia me dijeron 'ahí está tu marido'. Se decía en Río Grande que venía un colectivo, pero no sé qué me pasó que no pensé que él venía allí", contó.
Cuando lo vio, se le partió el corazón. "Él no se fue así. El frío le había quemado su piel en la cara a pesar que él era morocho, como todo salteño. Vino flaquito. Me abrazó y me dijo 'ya estamos acá, tranquilizate'. Ya en la casa me dijo 'perdón, no quise avisar que me iba a Malvinas para que te quedaras tranquila', dijo. En la posguerra, Julio se aferró mucho a la familia.
Si bien su vivencia fue dura, esa experiencia no cambió la esencia o el carácter de Julio, aunque sí le dejó algunas secuelas. Por ejemplo, a veces, en la noche, se despertaba exaltado. Eran pesadillas de la guerra. A medida que lo deseaba, le contaba sobre sus vivencias en las Islas. Junto a los soldados que tenía a cargo se ocultaban en pozos llenos de agua. A la tarde-noche, esperaban los bombardeos. "Él me decía que trataban que sus soldados permanecieran en las cuevas. En un momento había tantos bombardeos que ya no quedaba ubicación sin cráteres", contó.
También le contó que uno de sus soldados perdió una mano, a causa de la explosión de una granada. Hicieron todo para socorrerlo. "Me dijo 'yo y mis soldados nunca pasamos hambre'. Siempre había reservas. Y ellos estaban más preparados que otros batallones, porque estaban en zona sur", explicó.
Julio le había pedido a Rita que lo acompañara a Malvinas. "Él ya estaba en silla de ruedas, pero Dios le adelantó su viaje y no pudo ir", lamentó. Pero Rita viajó. Desde el avión mismo, ella pensó: "Este desierto, tantas lágrimas que se derramaron. Es grande Malvinas. Es lo más grande que puede haber para los soldados, para el personal subalterno. Ese silencio que sentí al bajar del avión, la forma en la que te requisaban. Y decía 'estoy en mi tierra, en mi Argentina, ¿por qué me tienen que requisar de esta forma?' Y empezamos a recorrer lugares. Y hallamos las zapatillas Pampero de puntera blanca, que los chicos usaban, en ese gran frío, las lapiceras BIC", describió.
A muchas de esas zapatillas las colgaron, con respeto, en los alambres. Son parte del paisaje y de la imagen que se trajo en la memoria. Y, de recuerdo para sus hijos, trajo una lapicera BIC. También tierra, que ocultó descosiendo ropa que luego volvió a coser.
Allá, en ese paisaje desolador, Rita pensaba en las madres, padres, novias, hijos que no pudieron volver a ver a los combatientes de sus familias. "Yo le doy gracias a Dios que mi esposo pudo volver y pudo contarme lo que es una guerra y lo triste que es. Lo que pido es que no se olviden de los veteranos, de los que estuvieron en tierra malvinense y los que estuvieron embarcados. Que no se olviden de esos héroes", manifestó.
Y cerró: "Julio me dejó un legado: que no me esconda, que cuente que él estuvo en una guerra. Mis hijos llevan su legado en el corazón. Cada 2 de abril piden permiso en sus trabajos y desfilan con la foto de su papá, para poder recordarlo a él en representación de todos, por las llagas que trajeron del combate, que jamás se cierran. Hay dolor, pero no arrepentimiento de que él haya estado en la guerra", aseveró.