Orlando Sireno Díaz
Entrevista realizada a Orlando Sireno Díaz
Con detalle, el veterano recuerda sus acciones durante la guerra y no puede evitar llorar cuando recuerda que, al regresar, la mayor de sus hijas, que aún era pequeña, no lo reconoció.
Orlando Sireno Díaz nació en la localidad sanjuanina de Media Agua, donde cursó la primaria y la secundaria. En 1975, a los 17 años, ingresó a la Escuela de Suboficiales 'Sarmiento Cabral' "por vocación, aparte incentivado por un hermano mayor que es militar. Entonces, influenciado también un poco por él; pero desde muy chico me gustó la carrera militar", señala.
En 1977 egresó como cabo del Arma de Infantería y su primer destino fue el Regimiento de Infantería y Montaña 22, en San Juan, aunque luego fue dado de pase a la Escuela de Infantería en Campo de Mayo, en Buenos Aires.
El 2 de abril de 1982 la noticia de la recuperación de Malvinas lo tomó por sorpresa, allí, en el cuartel. "Tuvimos una reunión en la Escuela de Infantería y se fijó la fecha en que teníamos que viajar. Allí recibimos la noticia y la incertidumbre de lo que pasaba. No sabíamos en qué momento podíamos ingresar ya que las informaciones eran internas", recuerda.
Díaz precisa, "partimos desde Campo de Mayo en avión, vinimos a San Luis, a Villa Reynolds, a cargar tanques suplementarios para helicópteros, y de ahí seguimos vuelo hasta Comodoro Rivadavia, donde estuvimos 3 o 4 días porque no se podía ingresar", cuenta.
Entre el 19 y el 20 de abril arribó a las Islas en un avión 'Hércules' como parte de la Compañía Comando 601 del Ejército Argentino. Tenía 27 años, el grado de sargento y se había instruido en paracaidismo, esquí, cursos de montaña, de supervivencia y de comandos. "Tenía la incertidumbre de ir a un lugar que no conocía, pero teníamos la información topográfica, el clima cambiante. Teníamos la alegría de habernos preparado tantos años y poder realizar esta misión", recuerda.
Tenía conocimiento de la topografía y el clima en Malvinas pero lo que más destaca es a su compañía, que fue armada con personal que participó del operativo de seguridad del Mundial de Fútbol de 1978.
"Todas las secciones, el material y principalmente los compañeros, nos conocíamos. Y eso facilita la tarea". Sus principales misiones fueron preparación de armamento, exploración de terreno en helicópteros y construcción de depósitos con municiones, ropa y comida en lugares que cada sección conocía, "por las dudas que nos dispersáramos o nos perdiéramos".
Además, Díaz remarca: "Trabajamos principalmente en exploración, que era tratar de tocar las primeras líneas de ellos, saber si estaban fuertes, desplazarnos, regresar e informar", es así que en una de estas acciones deben realizar una exploración importante que podría haber sido fatal.
"En una oportunidad, nosotros teníamos la información de que ellos ya estaban en la máxima de Malvinas, que es desde donde se maneja todo, o sea, por las vistas, se ve Puerto Argentino. Ellos tenían un equipo especial, había un río y un puente, y las propias tropas nuestras habían detectado que esta gente cruzaba el puente, se distribuía y le dirigía el fuego a la artillería de ellos. Nosotros recibimos la orden de ir a darles un golpe de mano a ellos en el puente. Bueno, llegamos tipo cinco de la mañana, se empieza a instalar el golpe de mano frente al puente. Con dos compañeros más me quedo a 30 metros del puente, paralelo al río. Del otro lado del río había una altura que nosotros la miramos con anteojos nocturnos y ahí estaba la duda, unos decían que era una carpa, otros decían que era un charco de agua, pero igual instalamos la emboscada. Resulta que era una carpa, y ellos estaban ahí, no habían cruzado el río. Automáticamente, ellos nos disparan a los tres que estábamos. Y después tira la gente nuestra que estaba al frente del puente, les dispara, y ahí ellos cambian, y nosotros nos podemos recuperar. Fue un combate de aproximadamente 17 minutos, que para nosotros fue una eternidad. Se sintió un helicóptero, y automáticamente nosotros recibimos fuego de mortero. Así que nos desplazamos un poco para salir de la zona de fuego y cruzamos el puente. Habían abandonado nueve mochilas, equipos de radio y había rastros de sangre. Esa fue la emboscada y el combate donde participamos nosotros", recuerda.
Tras el cese del fuego el suboficial mayor cayó prisionero, primero en Puerto Argentino y luego en Bahía San Carlos, donde fue embarcado en el barco inglés 'San Edmund' y trasladado a Puerto Madryn, el 15 de julio.
Orlando se había casado en 1980 y cuando partió a Malvinas la menor de sus hijas tenía tres meses. Del conflicto volvió demacrado y con 13 kilos menos. De repente, las lágrimas brotan cuando recuerda que, al reencontrarse con su familia en el aeropuerto de El Palomar, su hija mayor no lo reconoció y no quiso que la alzara. "Fue un proceso duro", confiesa.
A pesar de ello siente que no tuvo secuelas de la guerra y continuó su vida militar hasta su retiro en 2008. "Mi familia fue la clave de todo. Mi esposa, mis hijas, mis hermanos. A veces uno flaquea, pero gracias a Dios no he tenido ningún inconveniente y he tenido el apoyo de todo el entorno".
Hoy, Orlando participa de charlas para contar su historia cada vez que se presenta la oportunidad. Para él, la malvinización es central en las escuelas para que las próximas generaciones sepan "la verdad" de lo que pasó de boca de los actores de esa historia.
En sus palabras, sostiene que el legado es "no olvidarse de esos 649 hombres que quedaron allá, eso es lo principal. Creo que (a los chicos) se les va a grabar y ellos van a ser las generaciones que van a conocer Malvinas. Ojalá que en algún momento las recuperemos, lógicamente por la parte diplomática, de la mejor forma".