Andrés Matias Cornejo
Entrevista realizada a Andrés Matias Cornejo
La historia del suboficial principal Andrés Matías Cornejo es de superación y fe. Con esfuerzo pudo terminar la primaria a los 18 años para ingresar al Ejército Argentino y, sin bajar los brazos nunca, concluyó sus estudios secundarios a los 40. En su juventud pensó que la carrera militar implicaba dedicación plena, pero también logró formar una familia y hoy les cuenta a sus nietos lo que vivió en Malvinas. En medio, hizo todos los cursos que tuvo a su alcance para desempeñarse de la mejor forma posible. Siente que lo hizo, pero a la par aún lleva la carga de haber perdido el conflicto del Atlántico Sur y prefiere malvinizar sin dar consejos: "No se puede predecir nada. Creo que hay que estar cerca de Dios. Confiar, tener fe y hacer bien las cosas como él manda, que es la mejor forma de vivir la vida".
Cornejo con mucho esfuerzo, en 1971 terminó la primaria en una escuela nocturna; en 1972 rindió para ingresar al Ejército Argentino; egresó como cabo en 1973 y en 1980, dentro de la Fuerza, empezó la secundaria en Córdoba bajo un sistema que duraba tres años. Cursando el último año, la Guerra de Malvinas interrumpió sus estudios, pero diez años después retomó ese viejo anhelo y se recibió a los 40 años.
Mendocino de nacimiento pero sanluiseño por adopción, en su juventud vio al Ejército como una seguridad y un proyecto de vida. Su primera formación militar fue en la Escuela de Suboficiales del Ejército 'Sargento Cabral' como conductor motorista, pero hizo cursos de paracaidismo, artillería, esquí y maniobras de alta montaña, entre otros.
El Grupo de Artillería de San Luis fue su primer destino, pero también cumplió tareas en Neuquén, Córdoba, Santa Cruz y en Uspallata, Mendoza.
"Llegó un momento a fines del año 1981, cuando tenía 29 años, en que me pregunté: ¿Para qué me preparo tanto para la guerra si no va a haber nunca una guerra? Y ahí nomás, al poco tiempo, Dios me contestó y me dijo: 'hay una guerra'", recuerda.
El 2 de abril de 1982, aún soltero y viviendo en el cuartel, despertó con la noticia de que las Malvinas habían sido recuperadas en una operación sorpresa. Ni siquiera su superior sabía lo que iba a pasar.
Tras pasar los días siguientes supervisando maniobras de adiestramiento de paracaidistas, fue embarcado en avión hacia las Islas junto al Grupo de Artillería 4. "Estuve 54 días en Malvinas. Llegamos el 23 de abril y nos quedamos hasta que terminó la guerra. Mi función fue de conductor motorista, maneje todos los vehículos del ejército", por lo que se abocó a transportar arsenal, equipamiento y repuestos. "Cuando recién llegamos cada uno cumplía con su misión y después, a medida que fue pasando el tiempo, todos hacíamos de todo".
Cuando la flota inglesa comenzó los ataques, Cornejo tuvo un golpe de realidad: "Un veterano de guerra se forma cuando suenan las bombas, los ataques aéreos… primero uno tiene el temor del desconocimiento, pero una vez que ya lo conoce, se acabó, no hay otro problema".
Al concluir la guerra, Andrés cayó prisionero de los ingleses y regresó al continente a bordo del buque británico 'SS Canberra'. "Bajamos en Puerto Madryn y nos subíamos a colectivos o camiones inmediatamente para ir a un lugar en el pueblo. Ahí tomamos mate cocido y comimos pan, porque nosotros veníamos mal alimentados, todos bajo peso y con hambre viejo", recordó.
Pero ahí comenzó otro padecer, que cuenta profundamente emocionado: "La derrota fue horrible. Me pesó unos cuantos años. En 1984 me casé y mi familia es la que me ha sostenido siempre. Cuando recién volvimos seguí dentro del Ejército, no me fui, pero sentía el rechazo de mis propios compañeros. Realmente no sé cuánto tiempo pasó hasta que pude superar un poco la situación", pero lo hizo, primero acompañado de su esposa en los inhóspitos paisajes de Santa Cruz y luego en la inmensidad de la cordillera, un lugar que para él fue de sanación.
"De Uspallata volví acá a San Luis, porque cuando conocí la provincia dije, 'acá voy a morir'. Y ya hace 25 años que estoy aquí", cuenta. En ese transcurso nacieron sus tres hijas: la primera en suelo sanluiseño, la segunda en Santa Cruz y la última en Mendoza.
Su esposa, a quien le pidió matrimonio en una tarjeta turística que le envió estando aún solo en el sur del país, siempre les pidió a sus hijas que no le preguntaran nada a su padre sobre la guerra. El no objetó esa decisión, pero cuando llegaron sus nietos nació la oportunidad de contar su historia y, de a poco, de aventurarse en la tarea de malvinizar.
"Con mis nietos lo charlamos todo sin problema", dice, y sonríe. Su prioridad hoy son ellos y su familia.