Pedro Miguel

Pedro Miguel Bollati

Entrevista realizada a Pedro Miguel Bollati

Pedro Miguel Bollati opina que los jóvenes de hoy, los chicos que lo escuchan a él y a otros veteranos de la Guerra de Malvinas, tienen la suerte de oír la historia viva, de boca de quienes estuvieron allí, combatiendo por unas Islas que le pertenecen a Argentina por derecho. Pero en cierta forma, quisiera que su legado trascendiera ese conflicto en sí y recuperara los albores de la Nación. "El legado que queremos dejar es el patriotismo. El saber que somos argentinos, que venimos de un gaucho cuyo padre era español y su madre indígena. Todos los argentinos venimos de esa descendencia y esta es nuestra tierra, tenemos que defenderla y laburar para que salga adelante". "El mensaje es que nuestro país, desde La Quiaca hasta la Antártida, desde la Cordillera de los Andes hasta Malvinas, no se regala, no se presta. Y lo importante es que sepan defenderlo". Bollati es nativo de Villa Mercedes, pero en 1978, cuando decidió enlistarse en el Ejército junto a unos compañeros de colegio, su familia estaba radicada en Mendoza. Decidido a seguir una carrera militar, el año anterior había rendido el ingreso y en enero de 1978 se incorporó a la Escuela de Mecánica de la Armada en Buenos Aires, donde hizo una formación inicial de tres años. Sus amigos, en cambio, optaron por ir a la Infantería de Marina y sus caminos se separaron. "Luego de cursar fuimos dados de pase a las diferentes unidades. A mí me tocó la Escuadrilla Aeronaval Antisubmarina con asiento en la base Comandante Espora, en Bahía Blanca, muy cerca de Puerto Belgrano, que es la base donde está casi toda la flota de aeronaves", contó. Su grado era cabo segundo y su función era hacer el mantenimiento de eléctrico instrumental de aviones 'Tracker'. En enero de 1982, tras volver de visitar a su familia, que había regresado a su Villa Mercedes natal, Bollati volvió a sus tareas habituales hasta que el 15 de marzo comenzó a notar maniobras poco comunes: "Nos llamó la atención que llevábamos más de lo debido en las embarcaciones que hacíamos normalmente, un 50% o 60% más de los elementos que teníamos que llevar. El 28 de marzo nos embarcaron en el portaaviones y nos comunican que vamos a una operación, sin mayores precisiones. Más o menos por lo que se veía en las noticias a nivel nacional, uno se podía imaginar qué es lo que podía llegar a pasar". El 2 de abril, tras dos noches interminables y enterado de la recuperación de las Islas y la rendición de los marinos británicos, el veterano desembarcó en Puerto Argentino, en un aeropuerto colmado de aeronaves y personal. Como muchos de sus compañeros dijo que su sentimiento era de orgullo pero que hasta ese momento sus tareas eran las normales, para las que había sido instruido. "Al principio era todo normal hasta que la tarde del 2 de mayo, a las 17:00, nos avisan por medio de los parlantes del portaaviones que el Crucero 'Belgrano' había sido atacado, que estaba hundido y que había aviones de exploración que estaban buscando sobrevivientes. Ahí cambió toda la historia", contó, y recuerda que de un momento a otro sus ojos se convirtieron en radares, que ya no se aseaban por el temor a que en cualquier momento pudieran ser atacados y que lo poco que dormían, lo hacían acompañados de una bolsa con ropa y provisiones por si caían al mar. "El ser humano no está preparado para un conflicto, pero siempre hay algo que sucede y que nos transforma. Sí, se siente miedo pero no es un miedo a que venga el enemigo, es miedo a lo desconocido, a lo que puede suceder dentro de un rato. Ese es un tema que cada uno lo toma y lo vive diferente", dice, y menciona que el común denominador siempre fue la unidad y el compañerismo de todos, sin importar el rango que ostentaran. El 20 de mayo, por problemas operativos, la amenaza de un submarino inglés y la posibilidad de que les sucediera lo mismo que al 'Belgrano', el portaaviones regresó al continente y comenzó a operar desde una base de Infantería de Marina en Río Gallegos. El final del conflicto lo encontró allí y a principios de julio pudo regresar, con permiso, a visitar a su familia en Villa Mercedes, de sorpresa. Ni sus padres ni sus hermanos tenían noticias de cómo estaba, así que ese reencuentro fue sumamente emotivo e inolvidable. En diciembre de 1984 se fue de baja del Ejército, se casó con una rosarina y, a pesar de haber sufrido años de rechazo social, tuvo la suerte de conseguir un buen trabajo y continuar con su vida. A más de cuatro décadas de ese momento, Pedro aboga por dejar un legado que recupere la identidad argentina con el patriotismo como tutor. "Espero que nunca más se llegue a una guerra porque es lo más triste que hay. Deja secuelas que no se curan con nada. La cicatriz queda y sigue sangrando, los recuerdos no se borran". "Hoy quiero inculcarle a la gente joven que debe honrar la Bandera, el Himno. Creo que el legado que tenemos que dejar es eso: que sepan de dónde venimos y que defiendan este país hasta el fin de la existencia, del planeta. Es lo único que podemos dejar".