Carlos Osvaldo Bea
Entrevista realizada a Carlos Osvaldo Bea
Carlos Osvaldo Bea tuvo la suerte de no entrar en combate y volver de la Guerra de Malvinas sin secuelas físicas. Pero las vivencias que trajo lo atormentan hasta hoy e impactaron notablemente en su cuerpo. Con un rostro curtido por los años y su trabajo como ladrillero y albañil, relata cómo, desde su lugar, defendió a la Patria en el conflicto del Atlántico Sur, sin remordimientos a pesar de que su labor fue desconocida por la Fuerza Aérea y el Estado por décadas. Como una gran deuda que debía saldarse, en 2025 logró el reconocimiento que tanto buscó y fue nombrado oficialmente como veterano del conflicto.
Bea nació en una casa colindante al cementerio municipal de Villa Mercedes en el seno de una familia humilde. Su madre lo dio a luz a los 40 años, y su padre, que había trabajado toda la vida como ladrillero, tenía 45. Ninguno tenía estudios y él no pudo terminar la primaria ya que de chico aprendió el oficio de su padre y trabajaba en un horno de ladrillos que alquilaban por un porcentaje de la producción.
"Estaba acostumbrado a los fríos, a los calores. Era algo sufrido ya. Me lo aguantaba físicamente y jugaba al fútbol", cuenta, un detalle que, dice, hizo que el entrenamiento militar no le pesara tanto.
Tras haber sido sorteado para el servicio militar obligatorio con el número 776, comenzó su formación en la V Brigada de Villa Reynolds el 4 de enero de 1982, con 18 años.
Según supo después, el entrenamiento de ese año fue más duro que otros anteriores, ya que los instructores llevaron a los soldados a un campo de tiro, cercano al Río Quinto, donde pasaron 50 días viviendo en grandes carpas y entrenando castigados por las inclemencias del tiempo.
De regreso a la base retomó sus estudios, pero el 3 de abril la nueva cotidianeidad se vio interrumpida por el anuncio de la recuperación de las Islas Malvinas. "Era un tema tabú, no supimos nada hasta que el 3 de abril, cuando un comodoro que había ahí, dijo 'soldados, estamos en guerra con el Reino Unido, prepárense que tiene que llegar la orden de Buenos Aires, del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, que vamos a desplegar'. No nos dijo dónde, pero estamos esperando y preparados con la bolsa de combate y las armas. Habrán pasado dos días y llegó la orden", recuerda.
De chico, Bea prometió que lo último que iba a hacer en su vida era subirse a un avión, "tenía terror a volar", pero tuvo que sacarse el miedo de prepo, porque él y su compañía iban a ser trasladados a la base de la X Brigada Aérea en Río Gallegos en un 'Boeing 707'.
Pensó en abrocharse bien el cinturón cuando abordara la nave "pero cuando subimos la gran sorpresa era que no tenía asientos el avión. Los habían sacado y cargado municiones, bombas, pertrechos y alimentos".
Aún recuerda el miedo cuando la aeronave comenzó a carretear en la pista hasta tomar vuelo, mientras él apoyaba su espalda contra la de un compañero para mantener la estabilidad. "La pasé muy mal", dice.
Habiendo llegado a destino, la función del veterano era operar una ametralladora MAG, con un servidor y un abastecedor, para custodiar los aviones de guerra 'A-4B' y la pista de despegue ante un posible ataque enemigo.
"Nos tocaban guardias toda la noche, porque los aviones estaban con las bombas ahí y había muchas alertas rojas en ese tiempo. Los aviones 'Sea Harrier' salían de lo que correspondía a Malvinas y pensaban que iban a atacar el continente. Había pozos de zorro y teníamos que meternos ahí, pero no abandonar muy lejos los aviones", cuenta.
Entre las bajas temperaturas, las inclemencias del tiempo, la nieve, la escarchilla, la lluvia y las pocas horas de sueño, los días de conflicto transcurrieron sin novedades en el aeropuerto, hasta el 14 de junio, día del cese del fuego.
Carlos volvió con mucho menos peso y la piel curtida por el cruel clima del sur del país. No tenía ni un rasguño y sus padres ni siquiera sabían dónde había estado, pero al regresar al hogar una herida se abrió en su corazón. "Lo que más me dolió fue ver a mi madre muy bajoneada, delgada, realmente con una depresión y una tristeza que la acompañaron hasta que partió de esta tierra", lamenta. Su padre había tenido que hacerse cargo del horno de ladrillos solo, con 65 años y también estaba desmejorado.
El reencuentro fue en 15 días de licencia que le dieron tras el regreso, de los cuales siete los pasó en cama. "Comía en la cama y me levantaba para ir al baño, pero estaba muy agotado". Finalmente, el 17 de diciembre de 1982 le dieron la baja de las Fuerzas.
"Cuando regresé me sentía medio raro físicamente, pero a los ocho o nueve meses de haber salido ya no podía comer nada. Todo lo vomitaba, ni agua podía tomar. Estuve varias veces internado, me hicieron estudios, endoscopías" . Le recetaron remedios gástricos ante la falta de un diagnóstico concreto. Meses después, sin una mejoría significativa, una médica le informó que padecía gastritis nerviosa y le recetó un ansiolítico, que después de cuatro décadas de la guerra aún sigue tomando.
"Me hizo un poquito mal pasar las cosas que pasamos", dice como minimizando su condición. "Hasta hoy sueño muchas veces que estoy de vuelta en el servicio militar. Y en el sueño mismo digo, algo que es loco: 'Pero si yo hice el servicio militar ya, ¿por qué lo tengo que hacer de vuelta?'. No sé qué significa".
Ademas de que hacía un increíble esfuerzo para trabajar junto a su padre con su condición de salud, la tierra para fabricar ladrillos se terminó al cabo de unos años y abandonaron el negocio. Desde entonces, Carlos hace trabajos de albañilería en su ciudad.
Más allá de las secuelas psicológicas, en Bea siempre caló hondo el destrato de la sociedad y sobre todo, la falta de reconocimiento a su labor por parte del Estado. "Héroes son los que murieron. Tenemos a 17 héroes en el continente y a ellos sí los reconocieron como veteranos de guerra, y a nosotros que quedamos vivos y hacíamos la tarea de mando de guerra, no".
Si bien está de acuerdo con la corriente malvinizadora, en algunas charlas se encontró con que los jóvenes de hoy buscan la espectacularidad de la historia y preguntan más por las armas, si mató a alguien y los detalles cruentos de la guerra más que el relato patriótico de haber defendido un territorio que le pertenece a Argentina por derecho.
Sobre su legado, dice que le gustaría el "reconocimiento y la historia contada con la verdad". "Contar la verdad es muy importante. Cada uno la interpreta como quiera, a lo mejor fue en el continente, pero fue participación, nuestro trabajo, lo que nos mandaron a hacer y nosotros lo cumplimos. Pienso que la guerra enseña, y espero que mediante la paz y la política podamos recuperar algún día las Islas Malvinas, que costó tantos muertos", sostiene.
Y algo de eso finalmente llegó: el 9 de octubre de 2025, a 43 años de la guerra, Bea obtuvo el reconocimiento pleno como Veterano de Guerra de la República Argentina tras ganar un juicio contra la Fuerza Aérea, "así que ahora puedo hacer los trámites para obtener algún beneficio", celebró.