Juan Carlos Arzamendia
Entrevista realizada a Juan Carlos Arzamendia
Juan Carlos Arzamendia nació en una familia humilde de Buenos Aires. Vivía con sus padres y hermanos en una casa de madera con piso de cemento "que se caía a pedazos". La necesidad lo llevó a buscarse un trabajo para generar nuevos ingresos, aunque él mismo confiesa que faltaba más de lo que asistía. Su tiempo libre no era mejor. En la calle forjó amistades que lo depositaron más de una vez en situaciones peligrosas e insanas, mientras él canalizaba sus frustraciones internas provocando peleas con terceros.
"Cuando me llaman para hacer el servicio militar obligatorio lo tomé como algo positivo. No quería ser la persona que era. Ahí encontré una conducta, entré rebelde y me fui ablandando. Me dieron valores, enseñanzas. Me formaron como hombre", relató Arzamendia, quien ya situado en las Islas Malvinas hizo un juramento consigo mismo. "Me propuse metas como trabajar, cortar relación con mis vínculos tóxicos, respetar horarios, respetar a mis padres. Cuando volví pude armarles una casa. Mi mamá sintió por primera vez lo que es abrir una canilla y que salga agua caliente, pisar un piso de cerámica, mirar televisión", expresó emocionado.
Arzamendia formó parte de la clase 62. El 8 de abril de 1982, ya con el conflicto del Atlántico Sur iniciado, le comunicaron a su circunscripción que iban a realizar una guardia en Tierra del Fuego. Sin embargo, el avión que los trasladaba descendió sobre Malvinas. "Nos dividieron en grupos, éramos diez soldados y un cabo de 22 años. Estaba helado, un viento tremendo. Nos ordenan cavar trincheras y armar una estructura protegida con lo que encontrábamos en la chatarrería".
Los primeros días transcurrieron sin demasiada acción, distinto tal vez a lo que imaginaban de una guerra, con el frío y el hambre como las únicas constantes. "Estábamos a la expectativa, queríamos disparar y no pasaba nada. No tomábamos conciencia de que estábamos en una guerra", describió el veterano.
El bautismo de fuego fue el 1° de mayo. Un avión enemigo sobrevoló Puerto Argentino y comenzó a disparar. "Ahí nos dimos cuenta que había empezado de verdad", recordó Arzamendia. Durante dos semanas volvió a reinar la inacción, hasta que el 15 azotaron de nuevo, esta vez de frente y mediante los buques. "Se escuchaban los misiles, el sonido de las bombas cortando el aire. Pasábamos la noche escondidos en las trincheras escuchando como caían los proyectiles. Hubo ataques de pánico, muchos gritaban 'me quiero ir, quiero a mi mamá', a lo que el cabo les respondía 'cállense la boca, esto es una guerra, ¿qué se creyeron antes de venir?'. Al amanecer siguiente salimos afuera y vimos los cráteres enormes. Ahí realmente nos asustamos", sentenció.
La crudeza de su relato no se condice con el tono de su narración, pero hay un momento que, al evocarlo, penetra profundamente en la coraza que protege su cara más sensible. Durante las primeras dos semanas, la cocina de campaña los acompaño. Un guiso con porotos repleto de calorías que se comía frío, pero que quitaba el hambre un rato. Con el paso del tiempo no apareció más el guiso y los soldados recurrían a la ración de combate. "Era una lata de picadillo, cinco criollitas y un chocolatito", explicó Arzamendia.
Cuando el hambre era tal que el dolor de panza no daba tregua, se animaron a aventurarse a los hogares de los lugareños en busca de mercadería. "Encontramos cultivos de papas y nabos que hervíamos con agua del mar, galletas para perros, botellas de alcohol, cigarrillos. Todo servía", detalló. Sin embargo, no era suficiente. "Una noche soñé con un árbol de empanadas, soñé que sacaba una y me la comía así", contó el veterano, mientras recreaba la escena con sus gestos. "Cuando desperté la panza me hacía ruido. Bajé 10 kilos en Malvinas, éramos piel y hueso. Pero le pusimos el pecho a las balas y le dimos para adelante con lo que teníamos", agregó.
El 31 de mayo, Arzamendia celebró su cumpleaños número 19 en las Islas. Celebrar es una forma de decir. "Ese día viene un soldado y me comenta que cumplía años, yo no me acordaba. Brindamos con agua congelada dentro de una caramañola, que cargaba un litro y medio más o menos", indicó. Unos días después llegó la rendición y pese a la tristeza por consumar la derrota, significó también ponerle fin a 70 días de suplicio.
"No nos habíamos podido bañar, ni nos dimos cuenta del olor que teníamos. Teníamos la misma ropa desde hacía dos meses, estaba toda mugrienta. Con esa ropa hacíamos nuestras necesidades, dormíamos, nos limpiábamos el excremento que nos quedaba en la mano, en el pantalón, nos limpiábamos con agua congelada. Cuando llovía y teníamos sed, calentábamos el agua de los charcos para tomar. Así me agarró una infección de dientes que me mató", contó Arzamendia.
"El general Moore, un inglés, ordena la apertura de unos galpones. Adentro encontramos un montón de mercadería argentina, gaseosas, alfajores, turrones. Se me caía la comida de las manos del hambre que tenía. En el fondo, vimos una montaña de ropa que mandaba la gente. Me chocó ver tantos colores porque en Malvinas era todo gris y verde", señaló el veterano.
En Malvinas, Arzamendia vivió situaciones que no le desea a nadie, pero eso no quiere decir que se arrepiente de haberse sumado al Ejército. "Considero que me fue bien en la vida y gran parte se lo debo a esto. Me puse de novio, tengo dos hijos profesionales, soy excelente padre, ellos me aman y, sobre todo, soy buena persona. Eso me lo enseñó todo el Ejército", consideró.
En la actualidad, el veterano dedica buena parte de su tiempo a continuar plantando semillas de malvinización, aunque entiende que San Luis está un paso adelante en ese sentido respecto al país. "Hay una campaña muy fuerte en la provincia. Tengo amigos de las trincheras que están en Buenos Aires y se sorprenden cuando les cuento todo lo que se hace acá", expresó con algo de orgullo.
Arzamendia entiende que el valor de malvinizar está en poder contar "la historia de lo que realmente sucedió hace 44 años". Sueña con que el país tenga centros de excombatientes que los más jóvenes puedan visitar para conocer en profundidad los sucesos a través de una foto, un objeto o lo que sea. "Cuando voy a las escuelas yo siempre comparto las cartas que le escribía a mi madre", explicó.
La reflexión final del veterano sigue la misma línea, con un mensaje profundo que realza el valor de los héroes que lucharon por la Patria. "Es necesario interiorizarse, empaparse en el tema. Las Malvinas fueron y serán argentinas, pese a quien le pese y más allá de que estén usurpadas por otros ahora. Nosotros fuimos con 18 años dispuestos a dejar la vida por las Islas porque así lo entendimos", cerró con énfasis.