Carlos Alberto Agüero
Entrevista realizada a Carlos Alberto Agüero
"Doy gracias a Dios por haber vuelto. Por estar con mi familia, compartir una comida, un asado. Por estar bien", dice Carlos Alberto Agüero a más de cuatro décadas de haber participado de la Guerra de Malvinas. Pero sin saberlo y para su sorpresa, a pesar de no haber resultado herido, al regresar al continente se enteró que la Fuerza Aérea lo había catalogado como desaparecido. Mientras corregían los registros, el veterano quiso hablar con su esposa, a quien ya habían notificado sobre la supuesta tragedia. "Hola Negucho", le dijo cuando la mujer tomó el teléfono, un apodo que solo ellos dos conocían. A ello le siguió un silencio, porque su esposa se había desmayado al oírlo. Días después, cuando fue a su encuentro, su esposo, con 20 kilos menos, lucía diferente y aún no podía creer que fuera él.
En 1982 Agüero vivía en un barrio militar frente a la Escuela de Aviación Militar en Córdoba. Un día de abril a las 23:00, un camión de la base pasó frente a su casa y un compañero le dijo que se preparara, que todos estaban siendo convocados a presentarse de forma urgente. "Me cambié, fui y cuando llegué me dieron la orden de que buscara todos los elementos para zona fría: ropa, fusil, pistola. Y lo hice", cuenta.
Cinco horas más tarde fue embarcado en avión a Buenos Aires, luego llevado a Puerto Belgrano y de allí trasladado a Puerto Argentino en Malvinas, donde arribó el 6 de abril. "Llegamos y tomamos Darwin, porque no estaba tomado Darwin", asegura, y cuenta que luego su batallón fue asignado a custodiar aviones 'Pucará'.
Agüero no tiene buenos recuerdos del clima hostil y las condiciones en las que estaban, pero agradece que, previo al 1° de mayo, fueron días tranquilos. Ese último día de paz, a las 08:00 sonó la alarma que advertía un ataque inminente. Momentos más tarde, el piloto de un 'Pucará' tuvo un despegue fallido y ocho compañeros suyos perecieron en un bombardeo de aviones enemigos 'Sea Harrier'.
Con cierta verborragia, el veterano detalla las bajas de soldados y otros horrores que no vienen al caso reproducir en estas páginas. Pero sí una anécdota, de cómo se salvó de morir mientras trasladaba provisiones a la primera línea de combate. "Habíamos secuestrado una camioneta Land Rover de los ingleses que usábamos para transporte… habré hecho tres kilómetros, con otros cuatro soldados, y como allá no hay árboles, es todo llano, empecé a ver gente que corría y que me hacía señas. Cuando miro a lo lejos: tres puntitos negros. 'Los aviones', dije".
Y tenía razón, porque en un vuelo rasante, aeronaves enemigas ametrallaron el camino y destruyeron la camioneta por completo. A pesar de que alguien sugirió esconderse debajo de ella, los cinco se salvaron al refugiarse en un zanjón a unos 60 metros.
Concluido el conflicto, Agüero cayó prisionero. En el buque de transporte inglés 'Norland' fue trasladado hasta Montevideo, Uruguay, luego embarcado en el rompehielo ARA 'Almirante Irízar', hasta La Plata, y luego alojado en Ezeiza, donde lo esperaba personal administrativo de la Fuerza Aérea para registrarlo.
"Al que me atendió, le di los datos y me dijo '¿Estás seguro de los datos que me estás dando?' Porque usted ya está dado como desaparecido y ya se le informó a su familia", cuenta con humor. Le ofrecieron solucionarlo y gestionaron una llamada telefónica al Casino de Suboficiales de la Escuela de Aviación Militar en Córdoba. Del otro lado respondió un compañero, que empezó a gritar de alegría al saber que estaba vivo.
Esa persona se cruzó al barrio militar y buscó a la esposa del veterano sin darle las buenas nuevas. "Llamé de vuelta a los 15 o 20 minutos. Me atendió él y dijo que mi señora estaba ahí pero que no sabía por qué. 'Ponela al teléfono', le dije. Y yo a mi señora, cuando estaba en casa, le decía el sobrenombre de Negucho, y cuando ella dijo hola y la llamé así se desmayó".
Lo que siguió, al menos en parte, fue felicidad. Carlos se reencontró con sus padres y resto de la familia y en total tuvo seis hijas mujeres. Entre líneas deja entrever que las secuelas de la guerra aún lo persiguen, y que como otros tantos hay cosas que prefiere callar.
"Nunca me presté para contar mis vivencias. Hay ciertas cosas que no quiero que me pregunten. Hay cosas que puedo contar y otras dolorosas que no y que quedaron grabadas en mí. Pero al menos me pude sacar un poco la mochila de encima al poder hablar y contar algo de lo que viví", admite.
Hoy su mensaje es que "hay que amar al país, a nuestra Patria. Quererla y más que nada, a nuestra Bandera. Estar siempre defendiéndola lo más que se pueda".